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MSc. Rony Cuxum Ruiz
Director de Registro
Catedrático
Universidad Evangélica de las Américas

EL DOCTOR JESUCRISTO

 

A. La personalidad y misión del Doctor Jesucristo.
            Antes de presentar el estudio sobre los diferentes milagros de sanidad que el Doctor Jesucristo ejecutó, vamos a considerar unos asuntos relacionados con: su personalidad, el propósito de sus milagros de sanidad, el rechazo de su misión sanadora, el antagonismo satánico contra el Reino de Dios que El representaba, y el procedimiento descriptivo para cada caso de sanidad.
1. La Personalidad del Doctor Jesucristo.
            "Jesús fue una persona supremamente grande, de una significancia única" (Knox, 1951: 17).  Así como Moisés, que "con ojo curioso, se acercaba para ver por qué causa la zarza que ardía no se consumía, la voz del Ángel de Jehová le de tuvo, diciendo: No te llegues acá, quita los zapatos de tus pies, porque ¡el lugar donde estás, tierra santa es!, con igual reverencia quisiéramos contemplar la vida de nuestro Señor Jesucristo" (Thomson, s.f.: 20).  Jesucristo fue tan humano como cada uno de nosotros.  Sin embargo, El tuvo dos naturalezas perfectas: la divino y la humano.

            a. Sobre su naturaleza humana.
            Como hombre, se encarnó en la historia humana: Jesucristo tuvo un cuerpo humano, y una descendencia genealógica (Mt. 1:1-17); nació en Belén de Judea, Palestina (Mt. 2:1); sus padres fueron José y María (Mateo 1:18); en el Registro Público fue inscrito con el nombre Jesús (Mt. 1:21); fue circuncidado y dedicado a Dios en el Templo de Jerusalén, de acuerdo con la religión y tradición judías (Lc. 2:21-24).  Su nacionalidad fue judía.  Vivió y Creció en Nazaret de Galilea, aprendió y ejerció el oficio de carpintería de su padre José como también las diversas ocupaciones en la comarca, y así ganar para sostener económicamente a su familia.  "Jesucristo no se identificó con los pobres, sino que El fue pobre" (John Huffman, 1984).  Fue instruido en la Ley y en las Escrituras por sus padres y por los dirigentes de la Sinagoga en Nazaret.  "Su carácter se presenta como intachable, perfecto" (Broadus, 1926: 11-139; Cf. Purkiser, 1979: 184-194, 196-201).  Como humano:  lloró (Jn. 11:35), tuvo sed (Jn. 4:7), durmió (Mt. 8:24), se enojó (Lc. 19:45, 46), se entristeció (Jn. 11:33, 38), dialogó y caminó acompañando (Mt. 9:35; Lc. 4: 30), cabalgó (Mr. 11:7), se cansó y tuvo que descansar (Jn. 4:5-6), huyó o escapó cuando quisieron atraparlo para hacerle da- ño (Lc. 4:30), se regocijó cuando había tenido éxito (Lucas 10: 21), sufrió de tristeza (Mr. 14:33-34).  En fin, basta señalar estos ejemplos con respecto a su naturaleza humana.  Además de esto, Jesucristo fue un auténtico hombre y "no tenía nada de enfermo nervioso como fue Mahoma, ni de un hombre agotado por las maceraciones como Buda" (Delepierre, 1957: 131-132).  Jesucristo siempre fue activo.

            b. Sobre su naturaleza divina:
            En cuanto a su deidad apuntamos lo siguiente: fue Emmanuel (Mateo 1:23), Hijo del Dios viviente (Mt. 16:16), Hijo del Hombre con poder para perdonar pecados (Lc. 5:24), caminó sobre las aguas del mar (Mr. 6:49), calmó la tempestad en el mar (Mt. 8:26), demostró su señorío sobre Satanás (Mt. 4:4ss; 16: 23), convirtió el agua en vino (Jn. 2:6ss).  En fin, hay mucho más que referir sobre la deidad del Doctor Jesucristo, pero hemos anotado estos como muestra auténtica que en su naturaleza estaba Dios mismo encarnado para redimir al hombre del poderío satánico.  Porque "Cristo, el Señor, lleva las marcas genuinas de la personalidad de Dios" (Arrastra, 1983: 52).  Su naturaleza es auténticamente humana y divina.
            Que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, es Dios y hombre; Dios, de la substancia del Padre, que existió antes de los mundos; y hombre, de la substancia de su madre, nacido en el mundo;  Perfecto Dios, y perfecto hombre: de una alma racional y de una carne humana subsistente; igual al Padre, tocando así su Deidad; e inferior al Padre, tocando su humanidad; quien aún cuando verdadero y verdadero hombre, no es dos, sino un Cristo; uno, no por la conversión de la en la carne; sino por haber tomado la humanidad hacia Dios; uno solamente, no por confusión de substancia sino por unidad de Persona.  Porque como el alma racional y la carne es un hombre: así Dios y el hombre son un Cristo. (Willey, Culbertson, 1948: 216-217).

2. El propósito miosiológico de los milagros de sanidad del Doctor
    Jesucristo.
            Dios es Dios de orden.  Es interesante observar que, cada detalle o aspecto de la actividad ministerial del Doctor Jesucristo, era un diseño divino, predispuesto para la manifestación de la gloria del Padre y para la redención del hombre.  Cuando nos acercamos a contemplar a un Jesucristo hacedor de milagros de sanidad, no queda más que caer de rodillas ante la inmensa majestad de Dios.  Cada milagro de sanidad efectuado por El es, al menos, un signo de su Omnipotencia y Majestad.  En ningún momento, notamos que El hiciera tales milagros sólo para satisfacer un capricho personal o para ganarse el interés o la simpatía del público, como tampoco para adquirir fama.  El estuvo consciente que su quehacer, no era en primera instancia los prodigios (gr. dynameis) y milagros (gr. thaumasia), sino el de salvar a aquellos que se beneficiaban de sus acciones (Cook, 1982: 5-15).
            A través de los siglos, ha habido personas que han intentado crear dudas sobre la autenticidad histórica de los milagros de sanidad que Jesucristo y sus apóstoles realizaron en su tiempo.  Sin embargo, esos criterios han caído por ser efímeros.  Porque todos los milagros de que Jesús hizo deben "ser considerados, o bien como dignos precursores del milagro esencial de la resurrección, o bien como prendas anticipadas de su extensión a toda la humanidad regenerada, y aún a todo el universo que la rodea" (Bouyer, 1983: 445).  Hunter dice que "aún cuando alguien sostenga que tal o cual milagro en los Evangelios no haya sido tan milagroso como aparenta ser, encontrará difícil negar que la mayoría de los milagros de curaciones (independientemente de lo que haya con los milagros de la naturaleza) son enteramente creíbles en una historia que según los relatos, termina con una tumba vacía" (1967: 41).
            Los milagros de sanidad que Jesús realizó tenían el propósito de fungir como sello para autenticar su carácter mesiánico.  "El carácter dominante de los milagros es su naturaleza de acontecimiento extraordinario..., cuya dimensión prodigiosa sirve para demostrar la mesianidad de Jesús" (Trocmé, 1974: 138).  Otras veces, el milagro ilustraba las enseñanzas profundas que impartía el Doctor Jesucristo (Ibid, 1974: 136).  Mateo, también, ve que los milagros servían para irradiar el misterio de la persona de Jesús (Trilling, 1970: 190.  Tomo I).
3. El rechazo de la misión del Doctor Jesucristo.
            En el Evangelio de San Juan 1:11, dice: "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron".  Jesucristo vino a este mundo para cumplir con un decreto divino, el cual consistía en el anuncio del Evangelio de salvación para el pueblo de Dios.  Sin embargo, este pueblo, casi todos, ni siquiera quisieron entenderlo y tampoco ser accesibles a la enseñanza de las verdades celestiales.  Es el colmo, que en el propio inicio de su ministerio, quisieron deshacerse de El, luego que disertara ante ellos.  "...al oír estas cosas, todos en la sinagoga se enojaron mucho.  Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús, llevándolo a lo alto del monte sobre el cual el pueblo estaba construido, para arrojarlo abajo desde allí.  Pero Jesús pasó en medio de ellos y se fue" (SBU.  Dios Habla Hoy, La Biblia Versión Popular (Nuevo Testamento), 1980: 90).
            El pueblo judío no pudo percibir el objetivo mesiánico del "Doctor" Jesucristo.  Siempre vieron en El a un insignificante hombre que hablaba de un nuevo reino, pero no le dieron importancia.  El vino para establecer el Reino de Dios entre los hombres.  Reino que traería beneficios de toda índole y sanidad para ellos.  Porque "la curación de enfermos, el exorcismo sobre los espíritus malignos, la recuperación de los inválidos, de los sordos, de los mudos y de los ciegos, el perdón de los pecados –todos estos eran obras del Reino.  ...los milagros eran el Reino de Dios en acción" (Hunter, 1967: 42).  Sin embargo, "la gente se acordaba de sus exorcismos y de sus curaciones milagrosas.  El recuerdo de estos gran-des hechos, realizados a dos pasos del lugar donde vivía, era motivo de distracción y de estímulo" (Trocmé, 1974: 114), pero que jamás pasó de ser sólo eso.  Les impresionaba la diversidad de milagros que hacía, pero no le admitieron como el Mesías, ni como el Profeta de los profetas, mucho menos como el Ungido del Señor.  Jesucristo siempre pregonó la gracia de Dios destinada a todos, pero fue mejor conocido por "su actividad curadora, que respondía a una necesidad social bien conocida de las sociedades en las que la medicina es patrimonio de unos pocos privilegiados" (Ibid.  1974: 149).  Sin embargo, Jesús prosiguió con el plan redentor, contra viento y marea, hasta la muerte de cruz.
4. El antagonismo satánico contra el Reino de Dios en Jesucristo.
            Satanás es el adversario de Dios y no del hombre, pero como destructor ataca constantemente al hombre para hacerlo fracasar en su propósito de adorar a su Señor.  Satanás y los demonios (ángeles caídos y malos) se deleitan en oponerse a Dios y en combatir Su obra.  Por culpa de Satanás entró el pecado en el mundo y, desde entonces, siempre aprovecha cualquier debilidad del hombre para acusarlo ante Dios.  La Biblia lo presenta como el príncipe de este mundo, sin que esto signifique que él tenga el control del mundo, puesto que Dios lo tiene y ha entregado toda esta autoridad a Jesucristo.  Satanás está por sobre las capacidades del hombre, pero no es un ser divino; tiene poderes sobrehumanas, pero no es omnipotente.  Juntamente con sus secuaces demonios, son los poderes de las tinieblas que están inclinados a maldecir a Dios, a batallar en contra de El y de su Ungido, y a destruir la obra divina; están en
constante rebelión contra Dios, tratan de cegar y extraviar aun a los elegidos y estimulan a los pecadores a hacer maldad. (Berkhof, 1072: 174-176).
            Satanás trató, por todos los medios posibles, de arruinar la obra redentora y salvadora del "Doctor" Jesucristo, desde el embarazo milagroso de María –por obra del Espíritu Santo– hasta su muerte de cruz.  Antes de su nacimiento, quiso dañar su reputación catalogándolo como hijo ilegítimo y como producto de una relación ilícita sexual de su madre.  Cuando nació, Satanás utilizó al rey Herodes (así como usó a la serpiente en el Edén) para perseguirlo y matarlo.  Cuando Jesucristo iba a iniciar su ministerio, intensificó, con astucia estratégica, su acoso contra El para que desobedeciera a su Padre.  Satanás siempre supo manipular y cegar los corazones, y el sentir de las personas de las diferentes sectas religiosas en el mundo judío, para que no creyeran en Jesús como el Mesías prometido.  De acuerdo con el relato bíblico, Satanás no descansó con sólo llevarlo a la crucifixión, sino que luchó desesperadamente para evitar su resurrección.  No obstante, ¡JESUCRISTO RESUCITO VICTORIOSAMENTE CON PODER!, al tercer día, y revistió con poder a sus discípulos para que continuaran con la obra.
            Con la introducción del pecado en el mundo por el diablo, el hombre comenzó a tener problemas con su salud integral: espiritual, moral, física y social.  Empezó a padecer de una gran diversidad de enfermedades, como resultado de la dosis venenosa del pecado que él mismo había recetado e inyectado en la raza humana.  "Las consecuencias inmediatas del pecado del hombre fueron su distanciamiento de Dios, su esclavitud a Satanás y la pérdida de la gracia divina.  Por esta pérdida, el hombre vino a ser sujeto a la corrupción moral y física" (Wiley, Culbertson, 1948: 187).  De manera que, el causante de toda enfermedad humana es Satanás, por el pecado que reina en todo el ámbito humano, el cual mina y deteriora todo cuerpo con que hace contacto.  En muchas ocasiones, la enfermedad que padece una persona puede deberse a la negligencia de sus progenitores, de modo que, se hereda el mal.  Por otro lado, todo cuerpo humano, mientras está en este mundo, tiene que sufrir los embates y efectos de la depravación humana y, por eso, no puede evitarse el padecimiento de algún tipo de enfermedad, según la circunstancia en que se vive.  Así que, en tanto el hombre posea un cuerpo material (de carne y hueso) no puede escapar de esta irremediable realidad terrena.  Porque, es un hecho, la vida del hombre en este mundo tiene que terminar con la muerte física.  Jesucristo fue bien claro al afirmar que después de esto, los pecadores no arrepentidos irán a sufrir el castigo eterno y los justos a gozar de la vida eterna. (Cf. Mt. 26:46).
            La raza humana y la Naturaleza misma, y por qué no decir: toda la Creación, adolece enferma a causa del pecado en el hombre (Ro. 8:20-22).  Y solamente el poder de la sangre del Doctor Jesucristo puede sanar parcialmente esta situación.  Decimos parcialmente, no en el sentido que El no tenga poder para hacerlo totalmente, sino por el hecho que mientras estemos en este mundo, somos prisioneros en el cuerpo material que poseemos y solamente seremos completamente libres de esta situación en la resurrección de los muertos.  Para entonces, tendremos un cuerpo glorificado, libre de todo germen terrenal, y sólo así ya no habrá enfermedad porque ya no habrá pecado. (Cf. 1 Co. 15:1-58).  Por ahora, aunque el hombre se
cure de una enfermedad, está expuesto a padecerla de nuevo o de otro mal porque, tarde o temprano, tendrá que morir físicamente.
            Jesucristo es medicina, la única, para curar toda enferme-dad.  Anteriormente, hemos mencionado que cuando Jesucristo realiza un milagro de sanidad es con propósitos específicos: para manifestar su Omnipotencia y Soberanía sobre el mal, para dar honra y gloria a Dios, para que otros crean y se salven, y para afirmar a los fieles en su fe.  El creyente en Cristo, por su parte, debe adquirir conciencia que su vida se proyecta hacia la vida eterna.  La muerte física, más bien, es una ganancia que le permitirá trasmutarse a la morada eterna (Fil. 1:21).  Por ello, debe estar agradecido con Dios por estar disfrutando ya, en esta vida terrena, parte de las bendiciones del Reino Celestial, ya que, se ha constituido en un coheredero con Jesucristo y le espera un goce eterno.  En fin, en tanto no ha llegado la instauración plena del Reino de Dios, Satanás puede hacer lo que quiera para arruinar el bienestar del hombre.  Sin embargo, cada vez que el Señor se hace presente en una área de acción satánica, el Diablo pierde su poder y sale huyendo, ¡al instante!, porque Jesucristo ha sido so-licitado para salvar.  El es el Señor de señores.

 

MSc. Rony Cuxum Ruiz
Director de Registro
Catedrático
Universidad Evangélica de las Américas

 

 

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