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 LA MUERTE DE UN SER QUERIDO

 

            Nadie nos ha dicho cómo debemos comportarnos cuando muere un ser querido.  Aún más importante, nadie nos ha dicho como se siente el lamentar la pérdida de alguien querido.  No estamos preparados para sanar la herida causada por una pérdida ni estamos preparados para aprender a vivir con ese pesar.

            El pesar causado por una pérdida es realmente como tener una herida.  Al principio, la herida sangra y es terriblemente dolorosa.  Poco a poco la herida empieza a sanar desde adentro hacia fuera.  El dolor empieza a disminuir y con el tiempo se torna una cicatriz.  Yo tengo una cicatriz en la pierna desde los doce años.  Ahora ya soy una persona adulta, pero cuando me toco la cicatriz, la siento diferente al resto de mi cuerpo.  Así es el pesar causado por la pérdida de un ser querido.  Siempre quedará una cicatriz.  Nunca se vuelve a ser igual que antes.

            Lo difícil durante un período de lamentación es que deseamos que la vida volviera a ser como era antes.  La muerte de un ser querido, así como el sufrimiento que la acompaña, afecta nuestras vidas.  La vida cambia.  Ya no somos la misma persona y a nadie le gustan los cambios cuando éstos le son impuestos.  Es difícil aceptar el cambio.  Sentimos rencor, pero ¿rencor hacia qué? ¿hacia quién?  Nos preguntamos: “Debo ser una mala persona por sentir rencor hacia alguien que ya ha muerto”.  “¿Qué tipo de persona podría sentir rencor hacia Dios?”  Pero eso es exactamente lo que sucede.  La muerte nos vuelve rencorosos y nos hace dudar acerca de nuestra fe.  Sentimos resentimiento por estar solos y por tener que aceptar un cambio no deseado en nuestras vidas.  Ante todo, nos duele y nos da rencor porque ese ser querido ya no está con nosotros.  Nos sentimos deprimidos y con cargo de conciencia porque no nos damos cuenta que es natural sentirse con rencor.  A veces, cuando no desahogamos nuestro reconocer hacia alguien o algo, nos conformamos con sentir rencor hacia nosotros mismos. 

            Cuando estamos de pésame también sentimos sensaciones físicas.  Nuestro corazón grita, nos duele inmensamente.  Sentimos un nudo en el estómago y sentimos la sensación de caer en un abismo cada vez que pensamos en ese ser querido que ha fallecido.  Cuando pensamos en esa persona, la sentimos y al sentirla, nos duele.

            El dolor que sentimos al perder un ser querido viene acompañado de una sensación de miedo.  Su muerte nos hace recordar que nosotros también podemos morir.  Nos hace cer cuán poco control tenemos sobre nuestras propias vidas.  Desaparece la idea de que “otra gente puede morir pero yo no”, y esto nos da miedo.  Aunque por lo general, no nos damos cuenta de que la sensación que sentimos es miedo, si nos sentimos muy incómodos y sentimos un gran dolor.

            La mayoría de la gente cree en algún tipo de vida en el más allá.  Un más allá donde existe paz, amor y belleza.  Aún si creemos que no hay nada más allá de esta vida, esto a veces alivia el sufrimiento, la confusión y en general, las dificultades de la vida.  Si en realidad creemos que al morir nuestro ser querido se irá a un “lugar paradisíaco”, o por lo menos a un “mejor lugar”, ¿por qué nos duele tanto su partida?  ¿Por qué nos sentimos tan desafortunados?.

            Sufrimos porque nos da pena por nosotros mismos, no de una manera negativa, aunque sí egoísta.  El pesar que sentimos dice así: “me haces falta”, “me siento triste de no tenerte más a mi lado”, “tengo miedo”, “quiero tenerte de vuelta en mi vida”, “me siento solo”.  La congoja que siento es por mi mismo, lo que siento tiene que ver con mis sentimientos, no con lo que siento por ti.

            Y ¿qué podemos hacer para remediar este enorme pesar?  ¿Cómo podemos sanar esta herida?  ¿Cómo aprender a vivir con esta cicatriz? Ante todo, debemos comprender que la congoja es una reacción normal y natural a la pérdida de algo o alguien.  Cada quien trata de aliviar su pesar como pueda, de la misma forma en que tata con cualquier otra emoción.  Hay quienes demuestran su pesar.  Hay quienes lloran, se les ve tristes y se alejan de quienes les rodean.  Hay quienes esconden su pesar.  Algunos lloran en privado y aparentan “tener todo bajo control” en público.  Y luego hay quienes pretenden estar bien, pretender no sentir tristeza.  Esos son los que se mantienen muy ocupados, los que corren y corren ya que si se detienen, sentirán el dolor.

            Lo que debemos recordar, es que sea hombre o sea mujer, llore o no llore, algún día tendrá que lamentar la pérdida de ese ser querido.  Si logramos aceptar el pesar y el dolor que nos atormenta, podemos empezar a recuperarnos de una manera más sana.  No importa la manera como expresemos nuestro lamento, lo que importa es que nos permitamos lamentar. 

            Lo primero que sentimos al enterarnos de la muerte de un ser querido es shock.  Aún a sabiendas de que alguien está a punto de morir, realmente nunca estamos preparados para la muerte en sí.  El shock nos entumece  de tal forma que empezamos a actuar en “piloto automático”.  Hacemos lo que tenemos que hacer para el funeral, participamos en el velorio y en el entierro.  Hacemos todo lo que tenemos que hacer, como debe de ser, pero estamos como entumecidos.  Hablamos, hacemos, vamos y venimos pero realmente no lo estamos pensando ni sintiendo.
           
            Durante cierto tiempo después del funeral, los amigos nos traerán comida, las religiosas de la iglesia nos vendrán a visitar, los hijos nos llamarán y estaremos muy ocupados con todo lo que tenemos que hacer.  Pero algún día, las visitas y las llamadas cesarán y de repente nos encontraremos completamente solos.  Es entonces, cuando empezaremos a pensar, a sentir y a lamentar.  Es entonces cuando nos dará más tristeza y cuando realmente sentiremos un gran pesar.  Todos los demás regresarán a su rutina diaria pero la nuestra habrá cambiado.  Existe ahora solamente un espacio vacío.  Es espacio que ha dejado la persona fallecida y que no sabemos exactamente cómo volver a ocupar.

            En ese momento empezamos a sentir que nos estamos volviendo locos.  “Me debo estar volviendo loco”. “Me sentía mejor en el entierro de lo que me siento ahora”.  No es que se esté volviendo loco, es simplemente que el “entumecimiento” o shock que había sufrido se le ha ido al fin.  Ahora podrá empezar a recuperarse.  No hay ninguna pastilla, ni hay palabras que puedan consolar la pérdida de un ser querido.  Sólo el tiempo podrá sanar la herida.  El primer año es quizá el más difícil.  Las primeras navidades, el primer aniversario, el primer día de cumpleaños, el primer aniversario de muerte.  El segundo año también es difícil.  Las segundas navidades, el segundo aniversario, el segundo día de cumpleaños, el segundo aniversario de muerte, pero poco a poco, el tiempo se encarga de disminuir el sufrimiento.

            Al principio pensamos continuamente en el ser querido.  Luego habrá un momento en que logremos ver un programa completo o por la televisión sin pensar en cuánto esa persona lo hubiera gozado.  Luego estaremos en alguna reunión en la que logremos reír y pasarla bien sin sentirnos con culpa.  El tiempo pasa, pero podrán pasar cinco, diez y hasta veinte años que una palabra, una fotografía o un recuerdo pueden tocar la cicatriz y nos regresa un gran dolor.  La intensidad del sufrimiento siempre estará presente, pero ya no se toca la cicatriz tan a menudo.  Para sanar la herida causada por la pérdida de un ser querido, es necesario permitirnos sentir el dolor y reconocer que “me hace falta”, es necesario llorar y sentir la intensidad del momento y luego tratar de seguir adelante.  Hay que secarse las lágrimas y seguir siempre hacia delante con una actitud positiva.  Debemos estar conscientes de que el sufrimiento volverá a repetirse una y otra vez, pero cque cada vez lograremos sobreponerlo.

            La muerte de alguien importante en nuestra vida nos puede dejar con un sentimiento de haber dejado algo inconcluso, algo que quisiéramos haber hecho o dicho antes de que la persona muriese.  No existe una relación entre dos personas que sea perfecta.  La vida está llena de sube y bajas, de buenos y malos ratos, de buenos y malos recuerdos. Es necesario librarnos de ese sentimiento de haber dejado algo inconcluso para poder evitar alguna “infección” en el proceso de sanar nuestra herida.  Los sentimientos de los cuales necesitamos librarnos son algo muy privado.  Podemos aclarar esos sentimientos solamente entre nosotros mismos y la persona que ha muerto.  Un buen ejercicio es escribirle una carta al ser querido que se ha ido.  Es bueno escribir acerca de los buenos ratos, así como de los momentos difíciles.  Escriba todo lo que  no pudo decirle en palabras mientras la persona aún estaba viva.  Recuerde que nadie va a leer esta carta así es que déjese ir y escriba todo lo que siente.  Solucione todos sus problemas de una vez por todas.  El sentarnos a escribir nos hace pensar.  Nos ayuda a aclarar situaciones y le da cierto  orden a nuestros pensamientos.  Al terminar esa carta necesitamos deshacernos de ella de alguna manera especial.  Quizá una buena manera sería quemarla y desperdigar las cenizas al viento.  De alguna forma, deberá soltarla.  Mande su mensaje.

            Nunca lograremos comprender o aceptar la muerte de un ser querido.  Nunca aceptaremos que nuestra madre, padre, marido, esposa, hijo a alguien querido se nos muera.  Nunca obtendremos la respuesta al “por qué” o al “quizá si…”.  Nunca podremos darle una explicación aceptable a la tragedia que involucra el sufrimiento por la pérdida de un ser querido.  Es inútil intentarlo.  Lo que sí podemos hacer, es reconocer que hemos perdido algo que nunca podremos reemplazar y tratar de vivir cada día de la mejor manera posible.  Permitámonos vivir; que nuestra risa y nuestro nuevo interés en la vida sea un tributo de nuestro amor y respeto hacia aquel ser querido quien ha partido antes que nosotros.  Es ademado y necesario lamentar una pérdida, pero también es necesario permitir que sane la herida causada por esa pérdida.  Es imposible expresar nuestro sufrimiento por medio de lagrimas o por medio de mantener el luto.  Nuestra incapacidad de continuar gozando la vida o puede compararse a nuestra pérdida.  La calidad de nuestra relación con la persona que ha muerte debe reflejarse en nuestra fuerza para seguir adelante, en nuestro poder de recuperación y en nuestra habilidad de desenvolvernos en una nueva vida. (tomado de El duro proceso de lamentación de Barbara Karnes).

LO QUE HAY QUE HACER Y LO QUE NO HAY QUE HACER

No quite o bote las pertenencias de su ser querido, por lo menos por unos cuantos meses.
espere hasta poder pensar con mayor claridad
Debe evaluar bien cuáles son las cosas que no quiere botar

No lave toda la ropa sucia inmediatamente.goce de los olores que impregnan la ropa de su ser querido.  Puede ser que le consuele vestir la prenda favorita de su ser querido.

No se sorprenda si cree que ve o escucha la voz de la persona que ha muerto. esté consciente de que este es un fenómeno normal y que le sucede a mucha gente.

No venda su casa ni haga ninguna decisión importante por lo menos por un año. considere sus opciones, haga planes y pida consejos.

No evite hablar acerca de la persona que murió. utilice su nombre, cuente sus historias y comparta sus recuerdos.

No tenga miedo a decir cosas negativas acerca de la persona que se ha ido. recuerde que nadie es perfecto.  Recuerde que su relación con la persona fallecida como lo que fue, no como Ud. hubiera deseado que fuera.

No titubee en decir “Me siento muy triste el día de hoy”.llame a sus amigos y a sus familiares para sentir apoyo.

No deje de amar y vivir. haga lo posible por encontrar en cada día algo positivo.

 

POEMAS

 

       

No me digas que comprendes      

no me digas que lo sabes,
no me digas que sobreviviré,
y que seguramente creceré.

No me digas que esto es solamente una prueba.
que en realidad he sido bendita,
que he sido escogida para esta labor
entre todos los demás.

No me vengas con respuestas
que sólo yo puedo declarar,
no me digas que pasará mi pesar
y que pronto libre estaré

No me juzgues como un piadoso
de las cadenas que tengo que librar,
no me digas cómo sufrir,
y no me digas cómo llorar.

Mi vida está repleta de egoísmos,
mi dolor es lo único que siento,
pero te necesito, necesito de tu amor,
sin condiciones.

Acéptame en mis buenos y malos momentos,
necesito alguien con quien compartir,
tómame de la mano y déjame llorar,
y dime, “Amiga mía, recuerda que estoy a tu lado”.

                                            Joanetta Hendel
                                            Bereavement Magazine

Vive con tus muertos que viven

No te quedes llorando,
amarrado al puerto del dolor
y de la despedida,
porque ellos ya embarcaron
con rumbo a la otra orilla.
Mira sobre el mar
y alégrate con ellos,
porque van felices
rumbo al puerto final,
que a todos nos espera.

Porque el amor
es más fuerte
que la muerte,
y el corazón que ama
navega hinchando sus velas,
con el viento de la esperanza,
y siempre alcanza el puerto
del ser querido.

 

FASES DEL DUELO Y SU DURACIÓN

Fase No. 1:  ShOCK   ----    varias semanas o meses   -  el individuo funciona en forma mecánica, automáticamente.

Fase No. 2:  DESORGANIZACIÓN  --- muchos meses 
                    Sentimientos  dolorosos:

  • Soledad
  • Depresión
  • Llanto
  • Dificultades para conciliar el sueño y el apetito.
  • Lástima por uno mismo.
  • Alucinaciones

Fase No. 3:  REORGANIZACIÓN   --- muchas semanas o meses – Ocasionalmente se experimenta sensación de paz interna.  Ya hay menos intensidad en los sentimientos.

 

LOS DIEZ ESTADIOS EN EL PROCESO DE DUELO

1.-  ESTAMOS EN ESTADO DE SHOCK
El dolor, la angustia nos embarga; hay una sensación temporal de anestesia, en respuesta a la trágica experiencia.  Una sensación de irrealidad se apodera de nosotros; es muy difícil tomar decisiones en este período.

2.-  EXPRESAMOS MUCHA EMOCION
Conforme vamos interiorizando la pérdida, la liberación de nuestras emociones se inicia.  La emoción es esencial, es intrínseca al ser humano, tratar de suprimirla, es no ser humano en toda su dimensión.

3.-  NOS SENTIMOS MUY DEPRIMIDOS Y SOLOS
Nos sobrecoge una sensación de aislamiento, como que ya ni siquiera le              importamos a Dios, y se ha olvidado de nosotros.  La depresión es una experiencia universal.  Siempre pasa… es cuestión de tiempo.

4.-  PODEMOS EXPERIMENTAR SINTOMAS FÍSICOS POR ESTE DUELO
Es durante este período donde es más fácil enfermarse.  Muchas personas están enfermas por un duelo no resuelto.  Necesitamos que se nos ayude a resolver de acuerdo a nuestras  posibilidades el duelo y comprender por qué es que estamos de duelo, la trascendencia de la pérdida.

5.-  PODEMOS ENTRAR EN PÁNICO
La inhabilidad de concentrarnos en presencia de otros; no podemos pensar en otra cosa que no sea la pérdida del ser querido.  Cuando tomamos conciencia de esto podemos entrar en pánico.

6.- SENTIMOS UN POCO DE CULPA POR LA PÉRDIDA DEL SER QUERIDO
“La culpa normal”, por decirlo así, es la que sentimos cuando hemos hecho algo, que de alguna manera teníamos que hacer, aunque no sea lo mejor, pero nos sentíamos obligados a hacer.  “La culpa neurótica” es aquella que se sale de toda proporción, y que no va de acuerdo con el compromiso REAL que cada uno tiene en una situación o problema en particular.

7.-  ESTAMOS LLENOS DE RESENTIMIENTO Y HOSTILIDAD
Hasta la persona más devota puede llegar a sentir estas emociones y sentimientos cuando somos muy críticos con las personas que estuvieron involucradas con nuestro ser querido que murió.

8.- ENCONTRAMOS DIFÍCIL VOLVER A RETOMAR LAS ACTIVIDADES USUALES
La sociedad moderna hace muy difícil expresar nuestro duelo, nuestro dolor en presencia de otras personas, como si fuera equivocado hacerlo.  Enterrar nuestras emociones y no expresarlas daña nuestra salud espiritual y emocional, y no nos deja accionar adecuadamente en la realidad del mundo que nos rodea.

9.- GRADUALMENTE, LA ESPERANZA RENACE
De repente tomamos conciencia de que podemos reír otra vez.  Como que nos damos cuenta de que otros también tienen problemas, no somos los únicos.  Observamos a esos que han tenido experiencias devastadoras y que de una forma u otra han ido haciendo ajustes en su vida, pensamos si ellos pudieron entonces tal vez yo también pueda.

10.- LUCHAMOS POR INCORPORARNOS A LA REALIDAD
Cuando se atraviesa por una pérdida importante, y pasamos por el proceso de duelo, al salir, somos un poco diferentes de lo que éramos antes, por lo general nuestros valores espirituales más fuertes, y aunque sentimos que hemos perdido algo de nosotros, no todo se nos ha quitado.  En el horror de nuestra experiencia, Dios ha estado trabajando a nuestro lado.
                                                                      Dra. Lisbeth Quesada
                                                           Fundación pro unidad de cuidados paliativos 

Verdades bìblicas sobre la muerte

Por: Presbítera Isabel Cuxum

 

Salmo 23:1-4

Jehová es mi pastor; nada me faltará.  En prados de tiernos pastos me hace descansar. Junto a aguas tranquilas me conduce. Confortará mi alma y me guiará por sendas de justicia  por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Salmo 116:15
Estimada es en los ojos de Jehová la muerte de sus santos.


Juan 5:24
De cierto, de cierto os digo que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna. El tal no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.


Juan 11:25,26


Jesús le dijo:  Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?


Juan 14:1,2 ,6 y 7


No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí. 2En la casa de mi Padre muchas moradas hay. De otra manera, os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros.
Jesús le dijo:
Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me habéis conocido a mí, también conoceréis a mi Padre; y desde ahora le conocéis y le habéis visto.


Romanos 14:8

Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, sea que vivamos o que muramos, somos del Señor.


I Corintios 15:51-58

He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos, pero todos seremos transformados  en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados sin corrupción; y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y que esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita:
¡Sorbida es la muerte en victoria!
¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
Pues el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. Pero gracias a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro arduo trabajo en el Señor no es en vano.


Filipenses 1:21

Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.


I Tesalonicenses 4:16-18

Porque el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos y habremos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, para el encuentro con el Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor.  Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

Textos tomados de la Biblia

 

 

 

 

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