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Sandra Myers

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Mi Dios, mi salud y mi alegría

 

Campeona de Europa de atletismo en las pruebas de 100 y 200 metros. Está entre los récords de España de velocidad. Participante en los J.J.O.O. de Atlanta (E.E.U.U.) en 1996. Es diputada de la comunidad de Madrid. Casada y con tres hijos.
Uno de mis versos bíblicos favoritos es el Salmo 42: "Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía." Es un canto bellísimo, que ha sido versificado en diversos idiomas y por muchos poetas a través de los siglos, entre ellos Fray Luis de León. Se trata de una de las cuestiones más profundas y fundamentales del cristianismo (y seguramente de todas las religiones): La búsqueda personal e íntima de Dios en momentos difíciles de la vida.
Los que hemos practicado el deporte competitivo sabemos que, más que sufrir físicamente, sufrimos psicológicamente. Es cierto que hay muchos momentos de euforia, de alegría y de satisfacciones personales. Pero la misma naturaleza de la alta competición deportiva que proporciona todas estas cosas también conlleva a la desolación de la derrota. O lo que es más difícil de superar aún, la fuerte frustración producida por nuestra incapacidad de superar las lesiones o malas rachas. A veces se siente que cada mala experiencia deportiva deja una huella como rocas que nos vamos quebrantando un poco más con cada golpe de mala suerte.
Los deportistas que finalmente llegan a ser grandes campeones no suelen ser los que más dotaciones físicas tienen, sino aquellos que perseveran y aprenden a superar las dificultades. La vida misma tiene sus momentos tremendamente difíciles, tan difíciles que muchas veces pensamos que no vamos a poder superarlos, como la muerte de seres queridos, problemas en nuestras relaciones familiares o sentimentales, problemas económicos... En estos momentos buscamos a Dios y lo cierto es que no siempre somos capaces de comprender que no nos haya abandonado.
Pero la Biblia está llena de pasajes y versos que nos enseñan a tener fe y esperanza. Es esta misma fe y esperanza lo que nos confortará cuando nos sentimos abatidos y desconsolados. El Salmo 42:11-12 termina así: ¿Por qué te abates, oh alma mía, y porqué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.
Con la perseverancia y la fe, seremos capaces de superar cualquier dificultad. ¡Y de vivir una vida mucho más abundante en ilusiones y alegría!

 

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