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CONFÍA
                                           Autor: César Flores.

 

Al principio veía a Dios como el que me observaba, como un juez que llevaba cuenta de lo que hacía mal, como para ver si merecía el cielo o el infierno cuando muriera.  Era como un presidente, reconocía su foto cuando la veía, pero realmente no lo conocía.

Pero luego le reconocí; parecía como si la vida fuera un viaje en bicicleta, una bicicleta de dos.  Noté que Dios viajaba atrás y me ayudaba a pedalear.  No sé cuánto tiempo, no me di cuenta cuándo fue que Él sugirió que cambiáramos de lugar, se pasó para el frente.  Desde entonces mi vivir ha sido diferente.

Mi vida con Dios es muy emocionante.  Cuando yo tenía el control, yo sabía a dónde iba.  Era un tanto aburrido, pero predecible.  Era la distancia más corta entre dos puntos.  Sin embargo, cuando Él tomó el liderazgo, Él conocía otros caminos, caminos diferentes, hermosos, por las montañas, a través de lugares con paisajes, velocidades increíbles.  Lo único que podía hacer era sostenerme; aunque pareciera una locura, Él sólo me decía: ¡Pedalea!

Me preocupaba y ansiosamente le preguntaba: ¿A dónde me llevas?  Él sólo sonreía y no me contestaba.  Así que, comencé a confiar en Él.  Me olvidé de mi aburrida vida y comencé una aventura, y cuando yo decía: Estoy asustado, Él se inclinaba un poco para atrás y tocaba mi mano.

Él me llevó a conocer gente con dones, dones de compartir y de aceptación; me dieron esos dones para llevarlos en mi viaje, nuestro viaje, el de Dios conmigo.

Y allá íbamos otra vez.  Él me dijo: Comparte estos dones, dalos a la gente, son sobrepeso, mucho peso extra.  Y así lo hice con toda la gente que conocimos.  Encontré que al dar, yo recibía y mi carga se hacía ligera; yo vivía menos estresado y enfermizo.

No confié mucho en Él al principio en darle el control de mi vida.  Pensé que la echaría a perder, pero Él conocía cosas que yo no sabía acerca de andar en bici… secretos.  Él sabía cómo doblar para dar vueltas cerradas, brincar para librar obstáculos llenos de piedras, inclusive volar para evitar horribles caminos.  Y ahora estoy aprendiendo a callar y pedalear por los más extraños lugares.  Estoy aprendiendo a disfrutar de la vista y de la suave brisa en mi cara y sobretodo de la increíble y deliciosa compañía de mi Dios.

Y cuando estoy en crisis, que ya no puedo más, Él sólo sonríe y me dice: ¡Pedalea!

 

 

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