
SANADA DE CANCER (I PARTE)

Estoy tan agradecida de estar con vida hoy y poder traerles un mensaje de esperanza. Eso es Jesús. Me siento como el salmista David, quien dijo:
Oh Jehová, Dios mío, a ti clamé, y me sanaste.
Oh Jehová, tú has hecho subir mi alma del Seol;
me has dado vida para que no descienda a la sepultura. (Salmo 30:2-3).
La Palabra de Dios es de suma importancia para las personas que están peleando una batalla por su salud, porque muchas veces es la única esperanza que tienen. Sé que yo habría muerto si no hubiera sido por la Palabra de Dios. Se me había enseñado la verdad de la Palabra de Dios. Yo había escuchado mensajes de fe que me edificaron. Por la Palabra, yo sabía que Jesús no quería que sus hijos estuviesen enfermos y que Él no sólo murió por nuestros pecados sino también por nuestras enfermedades. Si no hubiera sido por la Palabra de Dios, yo no estaría con vida y escribiendo este libro. Dios dijo: Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento (Oseas 4:6). Mucha gente no tiene el conocimiento de la Palabra de Dios ni sabe que es la voluntad de Dios que se sane. ¡Esta información es la diferencia entre la vida y la muerte!
En otro salmo, David dijo: Gracias te damos, oh Dios, gracias te damos, pues cercano está tu nombre; los hombres cuentan tus maravillas (Salmo 75:1).
Dios tiene cuidado de sus hijos. El hecho de que Él me sanó a mì demuestra que nos cuida y desea sanarle también.
Hebreos 11:1 dice: Es, pues, la fe la certeza de lo que ESPERA. Si usted tiene cáncer, desorden en sus riñones, o alguna otra enfermedad mortal que le ha traído dolor y malestar a su cuerpo, quiero que usted sepa que hay esperanza en Jesús. Ël no quiere que usted muera prematuramente. El quiere que usted viva y declare las obras del Señor. (vea Salmo 118:17).
Soy el tipo de persona que está ocupada todo el tiempo. Me gusta trabajar. Siempre he trabajado fuerte y lo he disfrutado. Siempre he sido saludable. Nunca he estado enferma en cama, excepto cuando me recuperaba por haber dado a luz a uno de mis hijos. Yo estaba acostumbrada a disfrutar de excelente salud. Estaba agradecida por mi buena salud, pero ahora comprendo que lo tomé como algo dado por sentado. Recuerdo que cuando alguien me preguntaba: “¿Cómo está usted?”, yo respondía: “Estoy terriblemente saludable”. Después que el cáncer vio sobre mi cuerpo, comprendí cuán necias eran esas palabras.
Mis días ahora me son preciosos, pero antes yo pensaba que siempre estarían allí. Aprenda a no decir palabras ociosas. Dé gracias a Dios por su salud y sea agradecido pro cada día que Él le da.
En un mes de octubre empezaron a aparecer síntomas en mi cuerpo. Fue un tiempo cuando para mi esposo y para mi todo marchaba muy bien. Nuestros hijos estaban haciéndose grandes. Yo tenía muchos planes para el futuro.
Una noche empecé a experimentar síntomas en mi cuerpo. Sentía mi mente un poco borrosa, y tenía escalofríos y fiebre. Podía estar helándome y sin embargo estaba quemándome de la fiebre. Esos síntomas empeoraron progresivamente durante las tres semanas siguientes. Yo no podía dormir, y cuando usted pierde sueño por un largo período de tiempo, esto lo afectará. Me debilité en extremo. Después de pocas semanas estaba ictérica, y otros síntomas y dolores empezaron a aparecer. Nadie sabía entonces, ni siquiera yo, lo enferma que estaba realmente.
John y yo creìmos y confesamos la Palabra de Dios. Buscamos a Dios y nos pusimos de acuerdo en oración. Fui ungida con aceite, de acuerdo a Santiago 5:14,15. Hice todo lo que sabìa hacer, pero me empeoré. Fui a ver un médico en nuestra ciudad, un cristiano maravilloso cuya especialidad es la medicina interna.
Después de examinarme, dijo: Señora Osteen, creo que debería internarse en el hospital para algunas pruebas.
Yo le dije: ¿puedo ir como paciente de consulta externa? El dijo: no, creo que usted va a necesitar pruebas más extensas que eso. Consentí entrar al hospital, pensando que estaría allí solo por dos o tres días. Resultó que fueron veinte días. Me hicieron toda clase de pruebas: varios monogramas, dos series de radiografías especiales, una biopsia de la médula ósea y una biopsia uterina. Tuve toda clase de exámenes.
El primer diagnóstico de los médicos fue que yo tenía un absceso en el hígado, causado probablemente por algún germen que recogí en uno de nuestros viajes a la India. Me dieron un tratamiento con una medicina que tenía muchos efectos secundarios., pero ellos confiaban que detendría el absceso.
Algunos de los efectos secundarios eran las náuseas y la depresión. Me puse terriblemente cansada y débil. Casi no podía salir de la cama. Lo exámenes posteriores revelaron que no había ninguna bacteria, y ordenaron exámenes más especializados. Finalmente un día el médico vino a mi cuarto y me dijo que había enviado una muestra de la sangre a otro hospital. Le pregunté por que? Y el me respondió: esto es sólo para mi propia satisfacción. Mas estoy seguro de que no hay nada maligno en su cuerpo”. Malignidad. Yo estaba asombrada por esa palabra. Hasta ese momento, la posibilidad de que fuera cáncer no había nunca entrado a mi mente. Le avisaron a mi esposo que yo tenía cáncer metastático del hígado. Con o sin quimioterapia, sólo tiene unas pocas semanas de vida. Podemos darle tratamiento, pero sólo prolongará un poco más su vida. Sin embargo, no podemos encontrar el tumor primario. No sabemos donde está. Querían hacer una cirugía exploratoria para tratar de localizar el tumor.
Mi esposo dijo: doctor, voy a llevar a mi esposa a casa. Vamos a orar y buscar a Dios y luego decidiremos que hacer. Creemos en milagros y creemos en el Obrador de milagros.
El médico dijo: Bueno, Pastor, va a necesitar un milagro esta vez.
Cuando mi esposo me dijo el diagnóstico yo estaba aturdida y asustada pero no histérica. Toda mi familia me dio su apoyo y optimismo. Soy hija única y mis padres aunque son ancianos, nunca tuvieron pánico. Se mantuvieron fuertes, como los pilares que siempre han sido. Regresé a casa el 10 de diciembre de 1981 y nunca volví al hospital. No obstante, mi consejo es que si usted tiene cáncer y puede ser ayudado con quimioterapia, por supuesto, acepte el tratamiento, si siente que debe hacerlo. Haga todo aquello sobre lo cual siente paz en su corazón. Los médicos me dieron solamente unas pocas semanas de vida, con o sin quicio y yo decidí no tenerla. Después que regresé a casa, pronto comprendí que la fe en cuanto a mi sanidad era un asunto personal entre Jesús y yo. Una noche, en las horas tempranas de la madrugada, Dios habló a mi corazón: no es la fe de tu esposo, ni de otros, es TU fe la que debe sostenerte ahora. Supe entonces que era entre Jesús y yo desde ese momento.
Una vez que llegué a casa, nunca me quedé en la cama para ser cuidada por otros. Sentí que si hiciera eso, demostraría falta de fe y se debilitaría mi fe. Me acostaba solamente durante las noches para dormir. Ni siquiera tomaba una siesta, porque sabía que si lo hacía me quedaría allí, tan enferma me sentía. John y yo creemos en el poder de la oración en acuerdo. Jesús dijo: Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. (Mateo 18:19)
Al día siguiente de haber vuelto a casa del hospital, le pedí a John que orara conmigo. Le dije: “Cariño, eres la cabeza de este hogar. Vas a tener que tomar autoridad sobre este cáncer en mi cuerpo. Debemos estar de acuerdo en que Dios me va a sanar y devolver mi salud completa. Así lo hicimos, él me ungió con aceite, ambos nos inclinamos con el rostro sobre el piso en nuestro dormitorio delante de Dios y él tomó autoridad sobre cualquier enfermedad y sobre cualquier célula cancerosa en mi cuerpo. Ese fue el día que comenzó mi sanidad. Yo tenía la confianza en la Palabra de Dios de que había sido sanada. Pero mi cuerpo no se alineó completamente con esa verdad. Todavía tenía muchos síntomas y aún me sentía enferma, ¡pero en mi corazón sabía que había sido sanada!
Pasó mucho tiempo para que los síntomas desaparecieran. Muchas veces sentí deseos de decir: “Jesús, sería mucho más fácil abandonar la lucha e ir a estar contigo”. En vez de eso tenía que pelear. Leí Isaías 43:25,26 que dice: Yo soy él que borró tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados. Hazme recordar, entremos en juicio juntamente; habla tú para justificarte.
En medio de la noche, cuando todos dormían, yo suplicaba a Jesús. Le decía: “Jesús, yo no quiero morir. Estoy muy joven para morirme. Tú has dicho que podemos escoger la vida o la muerte y yo no escojo morir. No moriré, sino que viviré y contaré las obras de Jehová (ver salmo 118:17)
Le recordé al Señor que mi esposo me necesitaba, que mis hijos me necesitaban, mi rebaño me necesitaba, mi madre y mi padre me necesitaban, y que El me necesitaba. Examiné mi corazón y Dios empezó a tratar conmigo sobre algunas cosas. Una noche escribí cartas a siete personas que sentí que había ofendido. Hice todo lo que sabía hacer, que pudiera ayudarme a tener una actitud positiva y de esperanza. Coloqué una fotografía mía cerca de mi cama. Oraba si tan solo pudiera sentirme como en la foto. Otra cosa que me hizo bien fue salir a orar por otros. Santiago 5:16 dice: orad unos por otros, para que seáis sanados. Cuando usted está peleando una batalla, si da a otros a pesar de su necesidad, Dios hará que su respuesta le llegue más rápida. Lucas 6:38 dice: Dad y se os dará… Cuando usted piensa demasiado en sí mismo y sus propias necesidades, empieza a debilitarse.
A pesar de cada síntoma desanimador, mi corazón sabía que la Palabra de Dios no podía mentir. Yo tenía confianza en la Palabra de Dios. Si no la hubiera tenido, habría muerto. Hebreos 10:23 dice: Mantengamos firme, sin fluctuar, la confesión de nuestra esperanza, porque fiel es él que prometió.
Día a día, obtenía esperanza y ánimo en las promesas preciosas que Dios me revelaba a través de su Palabra. Me adherí a mi Biblia y a sus promesas de sanidad. La Palabra se convirtió en mi vida. Leía y confesaba las Escrituras diariamente.
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