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A Dios encomendaré mi causa: el cual hace cosas grandes e

inescrutables, y maravillas sin número.  Job. 5:8,9

           

Dios nunca termina de dar.  Jamás llegará el momento en que no tenga nada que ofrecer. El hijo de Dios jamás alcanza lo mejor en las bendiciones divinas.  Siempre hay algo mejor que está por venir.  Cada puerta que se abre a un tesoro de amor, deja a la  vista otra puerta detrás de la cual hay un tesoro mayor. Cristiano, no temas llegar a agotar la bondad de Dios, o de entrar a una experiencia para la cual Él no tenga dispuesta una bendición.
Dios puso el fundamento de la bondad en la creación y preparación de la tierra.  Antes de crear al hombre, preparó este mundo para que fuera su hogar.  Almacenó en las montañas, cerros y valles, en el agua, el aire y la tierra y en todos los tesoros de la naturaleza, todo lo que conviene a las necesidades humanas.  Piensa, por ejemplo, en los vastos yacimientos de carbón que están entre los estratos de la tierra desde hace milenios para que nuestros hogares puedan tener luz y calor en estos últimos siglos.  Piensa en el hierro, la plata, el oro y otros metales escondidos en las venas de las rocas; piensa en el potencial medicinal que hay almacenado en las hojas, raíces, frutos, troncos y minerales; y piensa en las fuerzas latentes y las propiedades radicadas en la naturaleza esperando el momento oportuno para suministrar a las necesidades del hombre.  Fue la presciencia Divina  la que atesoró estos bienes para solaz de los hijos de Dios.
Lo mismo es cierto para las provisiones espirituales.  En el pacto del amor de Dios, en los tiempos infinitos del pasado, Dios puso los cimientos de la misericordia para el hombre.  La redención no es algo que se le ocurrió a Dios a última hora.  Estaba planeada desde antes de la fundación del mundo.  Cuando nuestra cabeza reposa en las promesas de Dios, descansamos seguros en la expiación y disfrutamos las bendiciones de la redención y la esperanza de gloria, a veces lo hacemos olvidando lo que estas cosas costaron a nuestro Redentor.
La necesidad humana es la llave que abre las bodegas de la provisión de Dios para los hijos de los hombres.  J. R. Miller.

                                                           Tomado de: Manantiales del Desierto

 
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