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Mujeres que aman demasiado

 

 

Amar al hombre que no nos ama

Victima del amor,
Veo un corazón destrozado.
Tienes una historia que contar.

Víctima del amor:
Es un papel muy fácil
Y tu sabes representarlo
muy bien.

...Creo que sabes
a que me refiero.
Caminas por la cuerda floja
Del dolor y del deseo,
Buscando el amor.

Víctima del amor

            Era la primera sesión de Jill, y se veía indecisa. Vivaz y menuda, con rizos rubios como los de la huerfanita Annie, estaba sentada, muy tiesa, al borde de la silla, frente a mi. Todo parecía redondo: la forma de su cara, su figura ligeramente rolliza, y en particular, sus ojos azules. Que observaban los títulos y certificados colgados en las paredes de mi consultorio . Hizo algunas preguntas sobre mis estudios universitarios y mi titulo de psicóloga y luego mencionó con visible orgullo, que estudiaba derecho. Hubo un breve silencio, miro sus manos entrelazadas.
-Creo que será mejor que empiece a hablar de porque estoy aquí- dijo con rapidez, aprovechando el impulso de sus palabras para ganar coraje- Estoy haciendo esto...me refiero a consultar a un terapeuta, porque soy realmente desdichada. Es por los hombres, claro. Es decir yo, los hombres. Siempre hago algo que los aleja. Todo empieza bien. Realmente me persiguen y todo eso, y después, cuando llegan a conocerme...-se puso visiblemente tensa contra el dolor que se avecinaba-...todo se arruina.
            Me miró con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas, y prosiguió  más lentamente.
- Quiero saber que hago mal, que tengo que cambiar en mi...porque lo haré.  Haré todo lo que sea necesario. Realmente soy muy trabajadora.- Comenzaba a acelerarse otra vez-. No es que no este dispuesta. Lo que ocurre es que no se porque siempre me pasa esto. Tengo miedo de involucrarme en otra relación. Quiero decir, cada vez que lo hago, no hay más que dolor. Comienzo a tener miedo de los hombres.
            Movió la cabeza, sus rizos se balancearon y explico con vehemencia:
_ No quiero que eso suceda, porque estoy muy sola. En la Escuela de Derecho tengo muchas responsabilidades, y además trabajo para mantenerme. Esas exigencias podrían tenerme ocupada todo el tiempo. De hecho, eso es prácticamente lo único que hice el último año: trabajar, ir a clases, estudiar, dormir. Pero echaba de menos el hecho de tener un hombre en mi vida.
Prosiguió con rapidez:
- Entonces conocí a Randy, mientras visitaba a unos amigos en San Diego, hace dos meses. Es abogado, y nos conocimos una noche en que mis amigos me llevaron a bailar. Bueno hicimos buenas migas de entrada. Había tanto que hablar...salvo que creo que fui yo quien más habló. Pero a él parecía gustarle eso. Además, era fantástico estar con un hombre que se interesaba por cosas que para mi eran importantes.
Jill fruncio el entrecejo.
- Parecía realmente atraído hacia mi: Por ejemplo, me preguntó si era casada (soy divorciada, desde hace dos años), si vivía sola. Ese tipo de cosas.
Yo podía imaginar como debió notarse el entusiasmo de Jill mientras conversaba alegremente con Randy por sobre la música estrepitosa aquella primera noche. Y el entusiasmo con que lo recibió una semana después, cuando el hizo un viaje a Los Ángeles por trabajo y lo extendió 160 Km. mas para ir a visitarla. Durante la cena Jill ofreció dejarlo dormir en su apartamento para que pudiera postergar el largo viaje de regreso hasta el día siguiente. Randy aceptó la invitación y el romance se inició esa noche.
- Fue fantástico. Me dejó cocinar párale y realmente disfrutaba con  que le atendiera. Le planche la camisa antes de que se vistiera, por la mañana. Me encantaba atender a los hombres. Nos llevábamos a las mil maravillas.
Jill sonrió con una expresión de añoranza.  Pero al continuar con su historia, resultó evidente que, casi de inmediato, se había obsesionado por completo con Randy.
Cuando el llegó de regreso a su apartamento en San Diego, el teléfono estaba sonando. Jill le informó cálidamente que había estado preocupada por su largo viaje y que le aliviaba saber que había llegado bien. Cuando tuvo la impresión de que el parecía un poco perplejo por su llamada, se disculpó por haberlo molestado y colgó, pero un intenso malestar comenzó a crecer en ella, atizado por la comprensión de que una vez más sus sentimientos eran muchos más profundos que los del hombre de su vida.
- Una vez, Randy me dijo que no lo presionara o desaparecería. Me asuste mucho. Todo dependía de mi. Se suponía que debía amarlo y al mismo tiempo dejarlo en paz. Yo no podía hacerlo: por eso me asustaba cada vez más. Cuanto más miedo sentía, más perseguía a Randy.
Pronto, Jill comenzó a llamarlo casi todas las noches. Habían acordado turnarse para llamar, pero a menudo, cuando era el turno de Randy, se hacia tarde y Jill se inquietaba demasiado para soportar la espera. De cualquier manera, no podría dormir, de modo que lo llamaba. Esas conversaciones eran tan vagas como prolongadas.
Me decía que había olvidado llamarme, y yo le decía: “como puedes olvidarlo?” . después de todo, yo nunca lo olvidaba. Entonces empezábamos a hablar de la razón por la que él lo olvidaba, y parecía tener miedo de acercarse a mi, y yo quería ayudarlo a superar eso. Siempre decía que no sabía que quería en su vida, y yo trataba de ayudarlo a aclarar cuales eran las cosas mas importantes para el.
Fue así como Jill adoptó el papel de psiquiatra con Randy, tratando de ayudarle a estar emocionalmente más próximo a ella.
El hecho de que Randy no la quisiera era algo que Jill no podía aceptar. Ella ya había decidido que Randy la necesitaba.
En dos oportunidades, Jill voló a San Diego para pasar el fin de semana con él; en la segunda visita, él paso el domingo ignorándola, mirando televisión y bebiendo cerveza. Fue uno de los peores días que ella podía recordad.
-Bebía mucho?- le pregunté. Pareció sorprendida.
-Bueno, no, no mucho. En realidad, no lo sé. Nunca lo pensé. Claro que estaba bebiendo la noche en que lo conocí, pero es natral. Después de todo estábamos en un bar. A veces, cuando hablábamos por teléfono yo oía el tintineo del hielo en un vaso y bromeaba al respecto....porque bebía solo y esas cosas. En realidad, nunca estuve con él sin que bebiera, pero simplemente supuse que le gustaba beber. Eso es normal, no es cierto?
Hizo una pausa, pensativa:
-Sabe?, a veces por teléfono, hablaba de una manera rara, especialmente para un abogado. Parecía vago e impreciso; olvidadizo, poco conciente. Pero nunca pensé que esto sucedía porque estaba bebiendo. Creo que yo misma no me permitía pensar en ello.
Me miró con tristeza.
Tal vez si bebía demasiado, pero debía ser porque yo lo aburría. Creo que simplemente yo no le interesaba lo suficiente y el no deseaba estar conmigo.- Prosiguió con ansiedad-. Mi esposo nunca quería estar conmigo....¡Eso era obvio!- Se le llenaron los ojos de lágrimas al esforzarse por continuar-. Mi padre, tampoco...¿Qué tengo? ¿Porque todos sienten los mismo por mi? ¿Qué es lo que hago mal?
Desde el instante en que Jill tomó conciencia de un problema entre ella y alguien importante para ella, estuvo dispuesta no solo a tratar de resolverlo sino también a asumir la responsabilidad por haberlo creado. Si Randy, su esposo y su padre no la habían amado, ella sentía que debía ser por algo que ella había hecho o dejado de hacer.
Las actitudes, los sentimientos, la conducta y las experiencias de vida de Jill eran típicas de una mujer para quien estar enamorada significa sufrir. Ella exhibía muchas de las características que tienen en común las mujeres que aman demasiado. A pesar de los detalles específicos de sus historias y luchas, ya sea que hayan soportado una larga y difícil relación con un solo hombre o se hayan visto involucradas en una serie de relaciones infelices con muchos hombres, las mujeres que aman demasiado comparten un perfil común. Amar demasiado no significa amar a demasiados hombres, ni enamorarse con demasiada frecuencia, ni sentir un amor genuino demasiado profundo por otro ser. En verdad significa obsesionarse por un hombre y llamar a esa obsesión “amor”, permitiendo que esta controle nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta y , si bien comprendemos que ejerce una influencia negativa sobre nuestra salud y nuestro bienestar, nos sentimos incapaces de librarnos de ella. Significa medir nuestro amor por la profundidad de nuestro tormento.
Al leer este libro, es probable que usted se identifique con Jill, o con otras de las mujeres cuyas historias encontrará aquí y quizá se pregunte si usted es también una mujer que ama demasiado. Tal vez, aunque sus problemas con los hombres sean similares a los de ellas, le cueste identificarse con los “rótulos” que se aplican a los antecedentes de estas mujeres. Todos tenemos fuertes reacciones ante palabras como alcoholismo, incesto, violencia y adicción, ya a veces no podemos mirar nuestra vida con realismo porque tememos que nos apliquen esos rótulos a nostras o a los que amamos. Es triste, pero nuestra incapacidad para usar las palabras cuando si, son aplicables, a menudo nos impide conseguir la ayuda adecuada. Por otro lado, esos temidos rótulos pueden no son aplicables en su vida. Es probable que en su niñez haya tenido problemas de naturaleza más sutil. Tal vez, su padre, al tiempo que proporcionaba un hogar económicamente seguro, sentía un profundo rechazo y desconfianza hacia las mujeres, y su incapacidad de amarla  evitó que usted se amara a si misma. O quizá la actitud de su madre hacia usted haya sido celosa y competitiva en privado aún cuando en público se enorgulleciera de usted, de modo que usted terminó por necesitar de una buena ocasión para ganar aprobación y, al mismo tiempo, temer la hostilidad que su éxito generaba en ella.
En este libro no podemos cubrir la mirada de formas en que una familia puede ser disfuncional: eso requeriría varios volúmenes de naturaleza bastante diferente. Sin embargo, es importante entender que lo que todas las familias tienen en común es la incapacidad de discutir problemas de raíz. Quizá haya otros problemas que si se discuten  a menudo hasta el punto de la saturación , pero con frecuencia estos encubren los secretos subyacentes que hacen que la familia sea disfuncional. Es el grado de secreto- la incapacidad de hablar sobre los problemas -, mas que la severidad de los mismos, lo que define el grado de disfuncionalidad que adquiere una familia  y la gravedad del daño provocado a sus miembros.
Una familia disfuncional es aquella en que los miembros juegan papeles rígidos y en la cual la comunicación esta severamente restringida a las declaraciones que se adecuan a estos roles. Los miembros no tienen libertad para expresar todo un espectro de experiencias, deseos, necesidades y sentimientos, sino que deben limitarse a jugar un papel que se adapte a los demás miembros de la familia. En todas las familias hay papeles, pero a medida que cambian las circunstancias, los miembros también deben cambiar y adaptarse para que la familia siga siendo saludable. De esa manera, la clase de atención materna que necesita una criatura de un año será sumamente inadecuada para un adolescente de trece años, y el papel materno debe alterarse para acomodarse a la realidad. En las familias disfuncionales, los aspectos principales de la realidad se niegan, y los papeles permanecen rígidos.
Cuando nadie puede hablar sobre lo que afecta a cada miembro de la familia individualmente y a la familia como grupo – es más, cuando tales temas son prohibidos en forma implícita (se cambia el tema) o explícita (“¡Aquí no se habla de esas cosas!”)- aprendemos a no creer en nuestras propias percepciones o sentimientos. Como nuestra familia niega la realidad, nosotros también comenzamos a negarla. Y eso deteriora severamente el desarrollo de nuestras herramientas básicas para vivir la vida y para relacionarnos con la gente y las situaciones. Es ese deterioro básico lo que opera en las mujeres que aman demasiado. Nos volvemos incapaces de discernir cuando alguien o algo no es bueno para nosotras. Las situaciones y la gente normalmente que otros normalmente evitarían por peligrosas, incómodas y perjudiciales no nos repelen, porque no tenemos manera de evaluarlas en forma realista o autopretectora. No confiamos en nuestros sentimientos, ni los usamos para guiarnos. En cambio, nos vemos arrastradas hacia los mismos peligros, intrigas, dramas y desafíos que otras personas con antecedentes sanos y equilibrados naturalmente evitarían. Y por medio de esa atracción nos dañamos más. Porque gran parte de aquello hacia lo cual nos vemos atraídas es una réplica de lo que vivíamos mientras crecíamos. Volvemos a lastimarnos una y otra vez.
Nadie se convierte en una mujer así, una mujer que ama demasiado por casualidad. Crecer como miembro femenino de esta sociedad y en una familia así puede generar algunos patrones previsibles. Las siguientes características son típicas de las mujeres que aman demasiado, mujeres como Jill, tal vez, como usted.

1.-Típicamente, usted proviene de un hogar disfuncional que no satisfizo sus necesidades emocionales. 

  • Abuso de alcohol y/o drogas(prescriptas o ilegales)
  • Conductas compulsivas como, por ejemplo, una forma compulsiva de comer, trabajar, limpiar, jugar, gastar, hacer dieta, hacer gimnasia, etc, estás practicas son conductas adictivas, además de procesos de enfermedad progresivos. Entre muchos de sus efectos, alteran y evitan el contacto sincero y la intimidad en una familia.
  • Maltrato del cónyuge y/o los hijos
  • Conducta sexual inapropiada por parte de unos de los progenitores para con un hijo o hija, desde seducción hasta el incesto.
  • Discusiones o tensión constante.
  • Lapsos prolongados en que los padres rehúsan a hablarse.
  • Padres que tienen actitudes o principios opuestos o que exhiben conductas contradictorias que compiten por la lealtad de los hijos.
  • Padres que compiten entre si o con los hijos.
  • Uno de los progenitores no puede relacionarse con los demás miembros de la familia y por eso les evita activamente, al tiempo que les culpa por esa efusividad.
  • Rigidez extrema con respecto al dinero, religión, trabajo, el uso del tiempo, las demostraciones de afecto, el sexo, la televisión, el trabajo de la casa, los deportes, la política, etc. Una obsesión por alguno de estos temas puede impedir el contacto y la intimidad, porque el énfasis no se coloca en relacionarse sino en acatar reglas.

Si uno de los progenitores exhibe alguno de estos tipos de conducta u obsesiones, resulta perjudicial para el hijo.
Si ambos padres están atrapados en alguna de esas prácticas nocivas, los resultados pueden ser más perjudiciales aún. A menudo los padres practican tipos de patologías complementarios. Por ejemplo, una persona alcohólica a menudo se casa con otra que come compulsivamente, y entonces cada uno lucha por controlar la adicción del otro. Con frecuencia, los padres también se equilibran mutuamente en formas dañinas, cuando una madre abrumadora y sobre protectora está casada con un padre irascible que tiende al rechazo, en realidad las actitudes y la conducta de cada uno de ellos inducen al otro a continuar relacionándose con los hijos en forma destructiva.
Las familias disfuncionales presentan muchos estilos y variedades, pero todas comparten un mismo efecto sobre los hijos que crecen en ellas: esos hijos sufren cierto grado de daño en su capacidad de sentir y relacionarse.

2.-Habiendo recibido poco afecto, usted trata de compensar indirectamente esa necesidad insatisfecha proporcionando afecto, especialmente a hombres que aparecen, de alguna   manera necesitados. 

Piense en como se comportan las criaturas, especialmente las niñas, cuando les falta amor y la atención que quieren y necesitan. Mientras que un varón puede enfadarse y reaccionar con una conducta destructiva y pelear, en una niña es más frecuente que desvíe su atención hacia una muñeca preferida. La acuna y la mima; al identificarse con ella en algún nivel, esa niñita esta haciendo un esfuerzo indirecto para recibir el afecto y la atención que necesita. Al llegar a adultas, las mujeres que aman demasiado hacen algo muy similar, solo que tal vez en forma ligeramente más sutil. En general nos convertimos en personas que proporcionamos afecto en la mayoría de las áreas de nuestra vida, si no en todas.

Las mujeres que provienen de hogares disfuncionales ( y especialmente, las que provienen de hogares de alcohólicos)se encuentran en gran cantidad en las profesiones asistenciales, trabajando como enfermeras, consejeras, terapeutas y asistentes sociales. Nos vemos atraídos hacia los necesitados, nos identificamos con compasión con su dolor y tratamos de aliviarlos para poder disminuir el nuestro. El hecho de que los hombres que más nos atraen sean aquellos que parecen más necesitados tiene sentido si entendemos que la raíz de esa atracción es nuestro propio deseo de ser amadas.

Un hombre que nos atraiga no necesariamente tiene que estar en banca rota o tener mala salud. Quizá sea incapaz de relacionarse  bien con los demás, o puede ser frío y desenamorado, obstinado o egoísta, malhumorado o melancólico. Tal vez sea un poco rebelde o irresponsable, o incapaz de comprometerse o de ser fiel. O quizá nos diga que nunca ha podido amar a nadie. Según nuestros propios antecedentes, responderemos a distintas variedades de necesidad. Pero sin duda responderemos, con la convicción de que ese hombre necesita nuestra ayuda, nuestra compasión y nuestra sabiduría para mejorar su vida.     

3.- Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s) progenitor(s) en los seres atentos y cariñosos que usted ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de hombres inaccesibles a quien puede volver a intentar cambiar, por medio de su amor.

Quizá su lucha haya sido con uno solo de sus padres, quizá con ambos. Pero lo que haya estado mal, haya faltado o haya sido doloroso en el pasado es lo que usted esta tratando de corregir en el presente.
Ahora comienza a ser evidente que ocurre algo muy nocivo y frustrante. Sería bueno que trasladáramos toda nuestra compasión, nuestro apoyo y comprensión a relaciones con hombres sanos, hombres con quienes hubiera alguna esperanza de satisfacer nuestras propias necesidades. Pero no nos atraen los hombres sanos que podrían darnos lo que necesitamos. Nos parecen aburridos. Nos atraen los hombres que reproducen la lucha que soportamos con nuestros padres, cuando tratábamos de ser lo suficientemente dignas, útiles, buenas, cariñosas e inteligentes para ganarnos su amor, la atención y la aprobación de aquellos que no podían darnos lo que necesitábamos debido a sus propios problemas y preocupaciones. Ahora funcionamos como si el amor, la atención y la aprobación no tuvieran importancia a menos que tratáramos de obtenerlo de un hombre que también es incapaz de dárnoslo, debido a sus propios problemas y preocupaciones.

4.- Como la aterra la idea de que la abandonen, hace cualquier cosa para evitar que una relación se disuelva.  

Jill tenía casi todas esas características, en mayor o menor grado. Fue tanto porque ella encarnaba muchos de los atributos mencionados como por cualquier cosas que ella me hubiera dicho, y que me hizo sospechar que Randy podía tener un problema de alcoholismo. Las mujeres que tienen esta clase de características emocionales se ven atraídas una y otra vez  hacia hombres que son inaccesibles por una razón u otra. La adicción es una forma primaria de ser emocionalmente inaccesible.
Desde el comienzo Jill estuvo dispuesta a aceptar mas responsabilidad que Randy por el inicio de la relación y por mantenerla en marcha. Al igual que tantas otras mujeres que aman demasiado, era obvio que Jill era una persona muy responsable, una gran emprendedora que tenía éxito en muchas áreas de su vida, pero que no obstante tenía muy poco amor propio. La realización de sus objetivos académicos y laborales no bastaba parea equilibrar el fracaso personal que soportaba en sus relaciones de pareja. Cada llamada telefónica que Randy olvidaba hacer asestaba un duro golpe a la frágil imagen que Jill tenia de si misma, la cual luego ella se esforzaba heroicamente por apuntalar tratando de obtener alguna señal de cariño por parte de él. Su voluntad para aceptar toda la culpa en una relación frustrada era típica, al igual que su incapacidad de evaluar la situación con realismo y de cuidarse abandonando la relación al hacerse evidente la falta de reciprocidad.
Las mujeres que aman demasiado tienen poca consideración por su integridad personal en una relación amorosa. Dedican sus energías a cambiar la conducta o los sentimientos de la otra persona hacia ellas mediante manipulaciones desesperadas, tales como las costosas llamadas de larga distancia y los vuelos a San Diego de Jill.(No olvidemos que su presupuesto era sumamente limitado)Mas que un intento de ayudarlo a descubrir quien era, sus “sesiones terapéuticas” de larga distancia con él eran un intento de convertirlo en el hombre que ella necesitaba que fuera. En realidad, Randy no queria ayuda para descubrir quien era. Si le hubiera interesado ese viaje de autodescubrimiento el mismo hubiera hecho la mayor parte del trabajo en lugar de permanecer pasivamente sentado mientras Jill trataba de obligarlo a analizarse. Ella hacia esos esfuerzos, porque su única otra alternativa era reconocerlo y aceptarlo tal como era: un hombre a quien no le importan sus sentimientos ni la relación.
Ahora le hablaba a su padre.
- Era un hombre muy obstinado. Juré que algún día ganaría una discusión con el.
            Reflexionó un momento.
            - Sin embargo, nunca lo logré. Tal vez sea por eso que me dediqué al Derecho. ¡Me encanta la idea de discutir un caso y ganar!
            Esbozó una amplia sonrisa al pensarlo y luego volvió a ponerse seria.
            - Sabe lo que hice una vez? Lo obligué a decirme queme quería y a darme un abrazo.
            Jill trataba de contarlo como una simple anécdota de sus años adolescentes, pero no le salió así. Se percibía la sombra de una niña herida.
- Jamás lo habría hecho si no lo hubiera obligado. Pero me quería solo que no podía demostrármelo. Nunca pudo volver a decirlo. Por eso me alegro de haberlo obligado. Si no, nunca lo habría oído decírmelo. Hacía años y años que esperaba eso. Yo tenía 18 años cuando le dije:” Vas a decirme que me quieres”, y no me moví hasta que me lo dijo. Después le pedí un abrazo y, en realidad, tuve que abrazarle yo primero. El apenas me abrazó y me palmeó el hombro un poco, pero bastó. Realmente necesitaba eso de él.
Las lágrimas habían vuelto, y esta vez rodaron por sus redondas mejillas.
- ¿Porqué le costaba tanto hacerlo? Parece una cosas tan básica poder decir a una hija que uno la quiere.
Volvió a contemplar sus manos entrelazadas.
- Lo intenté tanto...Tal vez por eso discutía y peleaba tanto con él. Yo pensaba que si alguna vez ganaba, el tendría que enorgullecerse de mi. Tendría que admitir que lo hacía bien. Yo quería su aprobación, que supongo que significa  su amor, mas que nada en el mundo...
Al hablar más con Jill, se volvió evidente que su familia adjudicaba el rechazo por part5e de su padre al hecho de que él había querido un hijo varón y en cambio había tenido una hija mujer. Esa explicación fácil de la frialdad de su padre hacia ella era mucho más sencilla para todos, inclusive para Jill que aceptar la verdad sobre él. Pero después de un tiempo considerable en terapia, Jill reconoció que su padre no tenia lazos emocionales cercanos con nadie, que había sido virtualmente incapaz de expresar amor, calidez o aprobación a nadie en su esfera personal. Siempre había habido razones para su contención emocional, tales como discusiones y diferencias de opinión o hechos irreversibles, como el que Jill fuera mujer. Cada miembro de la familia prefería aceptar esas razones como válidas en lugar de examinar la calidad siempre distante de sus relaciones con él.
En realidad, a Jill le costaba más aceptar la incapacidad básica de amar de su padre que continuar culpándose a si misma. Mientras la culpa fuera suya, también habría esperanzas...de que algún día ella pudiera cambiar lo suficiente para provocar un cambio en él.
Es verdad que, cuando sucede algo emocionalmente doloroso y nos decimos que la culpa es nuestra, en realidad estamos diciendo que tenemos control sobre ello: si nosotros cambiamos, el dolor desaparecerá.
Esta dinámica subyace a gran parte de la culpabilidad que se adjudican las mujeres que aman demasiado. Al culparnos, nos aferramos a la esperanza de que podremos descubrir lo que estamos haciendo mal y corregirlo, controlando así la situación y deteniendo el dolor.
Este patrón en Jill quedo bien en claro durante una sesión, poco después, en la cual describía su matrimonio. Inexorablemente atraída hacia alguien con quien pudiera recrear el clima emocionalmente carente de su niñez con su padres, su matrimonio fue una oportunidad de que volviera a intentar ganar un amor reprimido.
Mientras Jill relataba como conoció a su esposo, recordé una máxima que había oído de labios de un colega: La gente hambrienta hace malas compras. Desesperadamente hambrienta de amor y aprobación, y familiarizada con el rechazo aunque nunca lo identificara como tal, Jill estaba destinada a encontrar a Paul.
Me dijo:
_ No conocimos en un bar. Yo había estado levantando mi ropa en un lavadero público y salí unos minutos para ir al bar de al lado, un lugar pequeño y barato. Paul estaba jugando pool y me preguntó si quería jugar. Le dije que si y así empezó todo. Me invitó a salir. Le dije que no, que yo no salía con hombres que conocía en los bares. Bien, me siguió hasta el lavadero y siguió hablándome. Finalmente  le di mi número telefónico y salimos a la noches siguiente.
“Usted no va a creer esto, pero terminamos viviendo juntos dos semanas después. El no tenía donde vivir y yo tenía que dejar mi apartamento, de modo que conseguimos uno para los dos. Nada en la relación era tan estupendo, no el sexo, ni el compañerismo, ni nada. Pero pasó un año y mi madre comenzó a ponerse nerviosa por lo que yo estaba haciendo, entonces nos casamos.
Otra vez Jill sacudía sus rizos.
A Pesar de ese comienzo casual, pronto se obsesionó. Debido a que Jill había crecido tratando de enmendar todo lo que estuviera mal, naturalmente trasladó ese patrón de pensamientos y conducta a sus matrimonio.
- Me esforzaba mucho. Quiero decir, realmente lo amaba y estaba decidida a lograr que el también me amara. Yo sería la esposa perfecta. Cocinaba y limpiaba como loca, y al mismo tiempo trataba de ir a las clases. Gran parte del tiempo el no trabajaba. Estaba por ahí o desaparecía varios días. Era un infierno la espera y el hecho de no saber nada de él. Pero aprendí a no preguntar donde había estado porque...- Vaciló y cambió su posición en la silla-. Me cuesta admitir esto. Yo estaba segura de que podía hacer que todo funcionara bien si tan solo me esforzaba lo suficiente, pero a veces me enojaba después de que el desaparecía y entonces el me pegaba.
“Nunca había dicho esto a nadie. Siempre me sentí tan avergonzada...Yo misma nunca me ví de esa manera, sabe? Cómo alguien que se dejara pegar.
El matrimonio de Jill terminó cuando su esposo encontró otra mujer en una de sus prolongadas ausencias del hogar. A pesar de la angustia en que se había convertido su matrimonio, Jill quedó desolada cuando Paul se marchó.
Yo sabía que, fuere quien fuere, esa mujer, era todo lo que yo no era. En realidad podía ver porque me había abandonado Paul. Yo sentía que ya no tenía nada para ofrecerle a, ni a el, ni a nadie. No lo culpaba por haberme dejado. Me refiero a que, después de todo yo tampoco podía soportarme.
Gran parte de mi  trabajo con Jill consistió en ayudarla a comprender el proceso de enfermedad en el que había estado inmersa durante tanto tiempo: su adicción a las relaciones condenadas al fracaso con hombre emocionalmente inaccesibles. El aspecto adictivo de la conducta puede compararse con el uso adictivo de una droga. Al comienzo de sus relaciones había un período “alto” inicia, una sensación de euforia y entusiasmo mientras ella creía que podía al fin satisfacerse sus mas profundas necesidades de amor, atención, y seguridad emocional. Al creer eso, Jill se volvía cada vez mas dependiente del hombre y de la relación para sentirse bien. Luego, igual que un adicto que debe consumir mas droga cuando esta produce menos efecto, comenzaba a dedicarse a la relación con mayor intensidad ya que esta le proporcionaba menos satisfacción. En un intento de conservar lo que una vez había parecido tan maravilloso, tan prometedor, Jill acosaba servilmente a su hombre, pues necesitaba más contacto, mas consuelo, más amor, al tiempo que recibía cada vez menos. Cuanto peor se volvía la situación, mas le costaba desembarazarse de el debido a la profundidad de su necesidad. No podía renunciar.
Jill tenía 29 años la primera vez que vino a verme. Hacía siete años que su padre había muerto, pro seguía siendo el hombre mas importante de su vida, porque en cada relación con otro hombre por quien se sentía atraída, en realidad se relacionaba con su padre, esforzándose aún por ganar el amor de aquel hombre que no podía darlo debido a sus problemas.
Cuando las experiencias de nuestra niñez son particularmente dolorosas, a menudo nos vemos obligados inconscientemente a recrear situaciones similares durante toda la vida, en un impulsos de obtener el control sobre ellas.
Por ejemplo, si nosotros, al igual que Jill, hemos amado y necesitado a un progenitor que no nos correspondía, a menudo nos comprometemos con una persona similar, o con una serie de ellas, en la edad adulta, en un intento de “ganar” la vieja lucha pro ser amados. Jill personificaba esta dinámica al sentirse atraída por un hombre inadecuado tras otro.
Hay un viejo chiste acerca de un miope que ha perdido las llaves a altas horas de la noche y las esta buscando a la luz de un farol callejero. Otra persona llega y se ofrece a ayudarlo a buscarla, pero le pregunta:”Esta seguro que las perdió aquí?. “El hombre responde:”No, pero aquí hay luz”.
Jill al igual que el hombre del chiste, buscaba lo que faltaba en su vida, no donde tenía esperanzas de encontrarlo, sino donde le resultaba mas fácil buscarlo, ya que era una mujer que ama demasiado.



Tomado de “Las mujeres que aman demasiado”.  Robin Norwood

 

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