
“Cómo fue que te casaste con él?”
¿Bailamos?
“Cómo fue que te casaste con él?”
Bueno, ¿cómo se puede decir
eso a alguien?
Como él bajaba la cabeza en
actitud humilde y levantaba los ojos
para mirar con aire esquivo,
como lo hacen los bebés….Cómo
lograba entrar al corazón de una:
dulce, cariñoso, juguetón…El dijo:
“Eres tan fuerte, querida”. Y yo le creí. ¡ Yo lo creí!
Marilyn French
El corazón sangrante
¿Cómo hacen las mujeres que aman demasiado para encontrar a los hombres con quienes pueden continuar los patrones perjudiciales de relación que desarrollan en la niñez? ¿Cómo, por ejemplo, hace la mujer cuyo padre nunca estuvo emocionalmente presente para encontrar un hombre cuya atención ella busca constantemente pero no puede ganar? ¿Cómo es que la mujer que proviene de un hogar violento se las ingenia para formar pareja con un hombre que la golpea? ¿Cómo es que la mujer que se crió en un hogar alcohólico encuentra un hombre que ya padece o pronto desarrollará la enfermedad del alcoholismo? ¿Cómo hace la mujer cuya madre siempre dependió de ella emocionalmente para encontrar un esposo que necesita que ella lo cuide?
De todas las posibles parejas que encuentran, ¿cuáles son los indicios que llevan a estas mujeres hacia los hombres con quienes pueden continuar el baile que conocen tan bien desde la niñez? ¿ Y cómo reaccionan ( o no reaccionan) cuando se encuentran con un hombre cuya conducta es más sana y menos necesitada, inmadura o abusiva de lo que están acostumbradas, cuyo estilo de baile no concuerda tan bien con el de ellas?
En el área de la terapia hay un viejo cliché que dice que la gente a menudo se casa con alguien que es igual a la madre o al padre con quien lucharon mientras crecían. Este concepto no es absolutamente acertado. No es tan cierto que la pareja que elegimos sea igual a mamá o a papá, sino que con esa pareja podemos sentir lo mismo y enfrentar los mismos desafíos que encontramos al crecer: podemos repetir la atmósfera de la niñez que ya conocemos tan bien, y utilizar las mismas maniobras en las que ya tenemos tanta práctica. Esto es lo que, para la mayoría de nosotras, constituye el amor. Nos sentimos en casa, cómodas, exquisitamente “bien” con la persona con quien podemos hacer todos nuestros movimientos conocidos y experimentar todos nuestros sentimientos conocidos. Aún cuando los movimientos nunca hayan dado resultado y los sentimientos resulten incómodos, son los que conocemos mejor. Experimentamos una sensación especial de que realmente es lo correcto estar con ese hombre que nos permite, como su pareja, bailar los pasos que ya conocemos. Es con él con quien decidimos tratar de hacer funcionar una relación.
Esa sensación de misteriosa familiaridad surge cuando se juntan una mujer y un hombre cuyos patrones de conducta, encajan como piezas de un rompecabezas. Si, además de esto, el hombre ofrece a la mujer la oportunidad de abordar y tratar de triunfar sobre los sentimientos infantiles de dolor y desamparo, de no ser amada ni necesitada, entonces la atracción se vuelve virtualmente irresistible para ella. De hecho, cuanto más dolorosa haya sido la niñez, más poderoso será el impulso de recrear y dominar ese dolor en la adultez.
Veamos porqué se da esto. Si una criatura ha experimentado cierto tipo de trauma, este volverá a aparecer una y otra vez como tema de sus juegos hasta que haya cierta sensación de haber llegado a dominar la experiencia. Una criatura que debe someterse a una operación quirúrgica, por ejemplo, puede recrear el viaje al hospital usando sus muñecas u otros juguetes; puede convertirse en el médico en un juego y en el paciente en otro, hasta que el miedo ligado al acontecimiento disminuye lo suficiente. Como mujeres que amamos demasiado, nosotras hacemos algo muy parecido: recreamos y volvemos a experimentar relaciones infelices en un intento de hacerlas manejables, de dominarlas.
De aquí se deduce que en realidad no hay casualidades en las relaciones. Cuando una mujer cree que inexplicablemente “tuvo que casarse” con cierto hombre, alguien a quien jamás habría elegido deliberadamente como esposo, resulta imperativo que ella examine por qué eligió una relación íntima con ese hombre en particular, por qué corrió el riesgo de quedar embarazada de él. Del mismo modo, cuando una mujer afirma que se casó por capricho, o que era demasiado joven para saber lo que hacía, o que no estaba del todo en sus cabales y no podía tomar una decisión responsable, éstas también son excusas que merecen un análisis más profundo.
En realidad ella sí eligió, aunque en forma inconsciente, y a menudo con gran conocimiento sobre su futura pareja aún desde el principio. Negar esto es negar responsabilidad por nuestras decisiones y nuestra vida, y tal negación impide la recuperación.
Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿Cuál es exactamente el misterioso proceso, la fascinación indefinible que enciende la chispa entre una mujer que ama demasiado y el hombre que la atrae?.
Si replanteamos la pregunta de otra forma-¿qué señales se encienden entre una mujer que necesita ser necesitada y un hombre que busca a alguien que asuma la responsabilidad por él? ¿O entre una mujer que es extremadamente sacrificada y un hombre extremadamente egoísta?
¿O entre una mujer que se define como víctima y un hombre cuya identidad se basa en el poder y la agresión?¿ O una mujer que necesita controlar y un hombre que es inadecuado?- entonces el proceso comienza a perder parte de su misterio.
Porque hay señales definidas, indicios que son enviados y registrados por cada uno de los participantes del baile. Cabe recordar que en cada mujer que ama demasiado hay dos factores en juego: 1) el hecho de que sus patrones conocidos concuerden con los de él como una llave en una cerradura; y 2) el impulso de recrear y vencer los patrones dolorosos del pasado. Echemos un vistazo a los primeros pasos vacilantes de ese dúo que informa a cada integrante que allí hay alguien con quien va a funcionar, a encajar bien, a sentirse bien.
Las siguientes historias ilustran con claridad el intercambio casi subliminal de información que tiene lugar entre una mujer que ama demasiado y el hombre que la atrae, un intercambio que de inmediato establece la escena para el patrón de su relación, de su danza, de allí en adelante.
MARY: estudiante universitaria de veintitrés años; hija de un padre violento.
Crecí en una familia realmente loca. Ahora lo sé, pero cuando era niña nunca pensé en ello salvo para desear que nadie se enterara jamás de la forma en que mi padre golpeaba a mi madre. Nos golpeaba a todos, y creo que así llegó a convencernos a mí y a mis hermanos de que merecíamos que nos pegara. Pero yo sabía que mamá no. Yo siempre deseaba que me pegara a mí y no a ella. Sabía que yo podía soportarlo, pero no estaba tan segura de que mamá pudiera hacerlo. Todos queríamos que ella lo abandonara, pero ella no quería. Recibía tan poco cariño…Yo siempre quería darle suficiente amor para fortalecerla y que pudiera salir de eso, pero nunca lo hizo. Murió de cáncer hace cinco años. No he vuelto a casa ni hablado con mi padre desde el funeral. Siento que él la mató en realidad, no el cáncer. Mi abuela paterna nos dejó a cada uno de los nietos un dinero, y así fue como pude ir a la universidad, donde conocí a Roy.
Estuvimos juntos en una clase de arte durante todo un semestre y nunca nos hablamos. Cuando comenzó el segundo semestre, varios de nosotros volvimos a estar juntos en la misma clase, y el primer día empezamos una gran discusión sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Bueno, este sujeto se puso a decir que las mujeres eran totalmente malcriadas, que siempre querían salirse con la suya y que sólo utilizaban a los hombres. Mientras decía todo eso exudaba veneno, y yo pensé :”Oh, realmente lo han lastimado. Pobrecito”. Le pregunté: “¿De veras crees que eso es verdad?” y empecé a tratar de demostrarle que no todas las mujeres eran así…que yo no era así. ¡Mire cómo me metí! Más tarde en nuestra relación, yo no podía exigir nadaa ni cuidarme de ninguna manera, o de lo contrario estaría demostrando que él tenía razón en su misoginia. Y toda mi preocupación de aquel primer día de clase dio resultado. El también se “enganchó”. Me dijo:”Volveré. ¡No pensaba quedarme en esta clase, pero quiero hablar más contigo”. Recuerdo que en ese mismo instante sentí algo estupendo, porque yo ya sentía que era diferente para él.
En menos de dos meses, estábamos viviendo juntos. En cuatro meses, yo pagaba el alquiler, y casi todas las demás cuentas, además de comprar los comestibles. Pero seguí intentándolo, dos años más, para demostrarle lo buena que era, que no iba a lastimarlo como ya lo habían hecho. Yo sí salí bastante lastimada en el proceso; al principio, sólo emocionalmente, pero después también físicamente. Nadie podía tener tanta furia como él contra las mujeres y no querer maltratar a una de ellas. Claro que yo estaba segura de que la culpa también era mía. Es un milagro que haya salido de eso. Conocí a una ex novia suya y ella me preguntó enseguida: “¿ Te pega?”. Le respondí: “Bueno, en realidad, no.” Lo estaba protegiendo, por supuesto, y tampoco quería quedar como una imbécil. Pero sabía que ella lo sabía, porque había pasado por eso antes que yo. Al principio sentí pánico. Era la misma sensación que había sentido cuando niña: no quería que nadie viera lo que había detrás de la fachada. Todo en mí quería mentir, actuar como
si ella hubiera sido muy descarada al hacerme esa pregunta. Pero me miró con tanta comprensión que ya no tenía sentido fingir.
Hablamos mucho tiempo. Ella me habló de un grupo de terapia al que asistía, donde todas las mujeres se parecían en el hecho de que todas se veían atraídas hacia las relaciones infelices ,y trataban de aprender a no hacerse eso. Me dio su número telefónico, y después de pasar dos meses más en aquel infierno la llamé. Me convenció de que fuera con ella al grupo y creo que eso tal vez me salvó la vida. Aquellas mujeres eran iguales a mí. Habían aprendido a soportar cantidades increíbles de dolor, por lo general desde la niñez.
De todos modos, tardé unos meses más en dejarlo, y aún con el apoyo del grupo fue muy difícil. Yo tenía aquella increíble necesidad de demostrarle que era digno de ser amado. Y pensaba que si tan sólo yo pudiera amarlo lo suficiente él cambiaría. Gracias a Dios que superé eso; si no, estaría haciéndolo otra vez.
La atracción de Mary hacia Roy
Cuando Mary, la estudiante de arte, conoció a Roy, el misógino, fue como si ella conociera a la síntesis de su madre y su padre. Roy era irascible y odiaba a las mujeres. Ganar su amor era para Mary como ganar el de su padre, que también era irascible y destructivo. Cambiarlo por medio de su amor era cambiar a su madre y salvarla. Mary veía a Roy como una víctima de sus malos sentimientos y quería amarlo hasta que se pusiera bien. Además, al igual que todas las mujeres que aman demasiado, ella quería ganar en su lucha con él y con las personas importantes que él simbolizaba para ella: su madre y su padre. Eso hizo que fuera tan difícil acabar con esa relación destructiva e insatisfactoria.
JANE: casada durante treinta años con un adicto al trabajo.
Nos conocimos en una fiesta de Navidad. Yo estaba con su hermano menor, que tenía mi edad y realmente me apreciaba. Bueno, allí estaba Peter. Estaba fumando en pipa, tenía puesta una chaqueta de tweed con parches en los codos, y parecía un estudiante de esas universidades prestigiosas. Me impresionó muchísimo. Pero también tenía un aire de melancolía que me resultó tan atractivo como su aspecto. Estaba segura de que alguna vez lo habrían lastimado profundamente y quería llegar a conocerlo, para saber qué le había pasado y para “entenderle”. Estaba segura de que sería inalcanzable, pero creía que si yo podía demostrarle una compasión especial, tal vez lograra que siguiera hablando conmigo. Fue gracioso, porque esa noche hablamos mucho, pero en ningún momento me enfrentó, cara a cara. Siempre estaba en otro ángulo, ligeramente distraído con otra cosa, y yo trataba todo el tiempo de ganar toda su atención. Lo que pasó fue que cada palabra que él decía adquiría una importancia vital para mí, porque estaba segura de que él tenía mejores cosas que hacer.
Exactamente lo mismo había sucedido con mi padre. Cuando yo estaba creciendo, él nunca estaba allí…literalmente. Eramos bastante pobres. El y mi madre trabajaban en la ciudad y nos dejaban mucho tiempo solos en casa. Incluso en los fines de semana él hacía algunos trabajos. La única vez que veía a papá era cuando estaba en casa reparando algo: el refrigerador, la radio, o algo así. Recuerdo que siempre tenía la impresión de que me daba la espalda, pero no me importaba porque era maravilloso tenerlo en casa. Yo solía estar con él y hacerle muchas preguntas para que me prestara atención.
Pues bien, allí estaba yo, haciendo lo mismo con Meter, aunque, por supuesto, entonces no lo veía así. Ahora recuerdo cómo trataba de estar siempre en su línea de visión directa y cómo él seguía lanzando bocanadas de humo de su pipa, mirando hacia un lado o al techo, o tratando de mantener la pipa encendida. Yo lo veía tan maduro, con el entrecejo fruncido y la mirada distante. Me atrajo como un imán.
La atracción de Jane hacia Meter
Los sentimientos de Jane por su padre no eran ambivalentes como los de muchas mujeres que aman demasiado. Ella amaba a su padre, lo admiraba y ansiaba su compañía y su atención. Peter, al ser mayor que ella y distraído, al instante se convirtió para ella en la réplica de su esquivo padre, y el hecho de ganar su atención se volvió así más importante porque, tal como sucedía con su padre, era tan difícil lograrlo. Los hombres que la escuchaban de buen grado, que estaban más presentes emocionalmente y que eran más afectuosos, no despertaban en Jane el profundo anhelo de ser amada que había sentido con su padre. La distracción de Peter ofrecía a Jane un desafío ya conocido, otra oportunidad de ganar el amor de un hombre que la eludía.
PEGGY: criada por una abuela hipercrítica y una madre que no la apoyaba emocionalmente; ahora está divorciada y tiene dos hijas.
Nunca conocí a mi padre. El y mi madre se separaron antes de que yo naciera, y mi madre salió a trabajar para mantenernos mientras su madre se encargaba de nosotras en casa. Eso no parece tan malo, pero lo fue. Mi abuela era una mujer inmensamente cruel. No nos pegaba, a mi hermana y a mí, tanto como nos lastimaba con sus palabras, todos los días. Nos decía lo malas que éramos, todos los problemas que le causábamos, que éramos “buenas para nada”…esa era una de sus frases preferidas. Lo irónico era que todas sus críticas sólo hacían que mi hermana y yo nos esforzáramos más por ser buenas, por valer la pena. Mi madre nunca nos protegía de ella. Mamá tenía demasiado miedo de que la abuela se marchara y de que ella no pudiera ir a trabajar porque no habría nadie para cuidarnos. Por eso simplemente hacía la vista gorda cuando la abuela abusaba de nosotras. Crecí sintiéndome muy sola, desamparada, temerosa e indigna, tratando todo el tiempo de compensar el hecho de ser una carga. Recuerdo que solía tratar de arreglar las cosas que se rompían en la casa, para ahorrar dinero y de alguna manera, ganarme la vida.
Crecí y me casé a los dieciocho años porque estaba embarazada. Me sentí pésimamente desde el comienzo. El me criticaba todo el tiempo. Al principio lo hacía con sutileza, pero luego era más salvaje. En realidad, yo sabía que no estaba enamorada de él, y me casé de todos modos. No creía tener otra alternativa. Fue un matrimonio de quince años, porque tardé todo ese tiempo en llegar a creer que el hecho de sentirme pésimamente era razón suficiente para el divorcio.
Salí de ese matrimonio desesperada por encontrar a alguien que me amara, apero, al mismo tiempo, sentía que era indigna y que era una fracasada, y estaba segura de que no tenía nada que ofrecer a un hombre bueno y amable.
La noche que conocí a Baird, era absolutamente la primera vez que salía a bailar sin pareja. Mi amiga y yo habíamos ido de compras. Ella se compró un atuendo completo-pantalones, blusa, zapatos nuevos- y quería ponérselos y salir. Entonces fuimos a una discoteca de la que ambas habíamos oido hablar. Algunos hombres de negocios que no eran de la ciudad nos invitaron con unos tragos, y bailaron con nosotras, y estaba bien…algo amistoso, pero no excitante. Entonces vi a ese sujeto junto a la pared.
Era muy alto, muy delgado, estaba increíblemente bien vestido y era muy buen mozo. Recuerdo que me dije: “Ese es el hombre más elegante y arrogante que yo haya visto”. Y luego: “¡ Apuesto a que podría entusiasmarlo!” Incidentalmente, aún recuerdo el momento en que conocí a mi primer marido. Estábamos en la escuela secundaria y él estaba recostado contra la pared en lugar de estar en clase, y entonces me dije: “Parece bastante alocado. Apuesto a que yo podría ponerle los pies sobre la tierra.” ¿Lo ve? Yo siempre estaba tratando de arreglar las cosas. Bueno, me dirigí a Baird y lo invité a bailar. Se sorprendió mucho y creo que también se sintió un poco halagado. Bailamos un rato y después me dijo que él y sus amigos se marchaban a otro sitio, y me preguntó si yo querría acompañarlos. Si bien la idea me tentaba, le dije que no, que había ido allí a bailar y eso era todo lo que quería hacer. Seguí bailando con los hombres de negocios y después de un rato él volvió a invitarme a bailar. Y lo hicimos. Había muchísima gente allí. No cabía un alfiler. Poco después, mi amiga y yo salíamos y él estaba sentado con otra gente en una mesa ubicada en un rincón. Me hizo señas de que me acercara y así lo hice. Me dijo: “ Tienes mi número de teléfono en tu persona”. Yo no sabía de qué hablaba. Extendió la mano y sacó su tarjeta del bolsillo del suéter que yo tenía puesto. Era de esos que tienen un bolsillo grande en la parte delantera, y él había puesto su tarjeta allí la segunda vez que volvimos a la pista de baile. Yo estaba asombrada. No me había dado cuenta de que lo había hecho. Y me encantaba saber que aquel hombre apuesto se había tomado ese trabajo. Bueno, yo también le di mi tarjeta.
Me llamó unos días más tarde y fuimos a almorzar. Me miró con cierta desaprobación cuando llegué. Mi automóvil era un poco viejo y de inmediato me sentí inadecuada…y luego aliviada, al ver que, de todos modos, almorzaría conmigo. Estaba muy tieso y frío, y decidí que me correspondía a mí hacerlo sentir cómodo, como si de alguna manera la culpa fuese mía. Sus padres irían a visitarlo en la ciudad y no se llevaba bien con ellos. Recitó una larga lista de reproches contra ellos, que a mí no me parecieron tan graves, pero traté de escucharlo con compasión. Salí de ese almuerzo pensando que no tenía nada en común con él.
No la había pasado tan bien. Me había sentido incómoda y fuera de equilibrio. Cuando me llamó dos días después y volvió a invitarme a salir, me sentí aliviada. Si él lo había pasado suficientemente bien para invitarme otra vez, entonces todo estaba bien.
En realidad, nunca estuvimos bien juntos. Siempre había algo que andaba mal y yo trataba de enmendarlo. Me sentía muy tensa con él y los únicos buenos momentos eran cuando la tensión disminuía un poco. Esa leve disminución de la tensión pasaba por felicidad. Pero de alguna manera aún me atraía poderosamente.
Sé que parece una locura, pero llegué a casarme con ese hombre sin que siquiera me agradara. El quebró la relación varias veces antes de casarnos, diciendo que conmigo no podía ser tal como era él. No puedo decir lo devastador que era aquello. Yo le rogaba que me dijera qué necesitaba que yo hiciera para sentirse más cómodo. El sólo respondía: “Tú sabes lo que tienes que hacer.” Pero yo no lo sabía. Casi me volví loca tratando de adivinarlo. De todos modos, el matrimonio duró apenas dos meses. El se marchó para siempre después de decirme lo infeliz que yo lo hacía, y nunca volví a verlo, salvo una que otra vez por la calle. Siempre finge que no me conoce.
No sé cómo trasmitir lo obsesionada que estaba con él. Cada vez que me dejaba me sentía más atraída hacia él, no menos. Y cuando él volvía me decía que quería lo que yo tenía para ofrecerle. Para mí no había nada como eso en el mundo. Lo abrazaba y él lloraba y decía que había sido un tonto. Ese tipo de escenas duraban una sola noche y después todo comenzaba a desintegrarse otra vez, y yo trataba con todas mis fuerzas de hacerlo feliz, para que no volviera a marcharse.
Cuando decidió terminar con el matrimonio, yo apenas funcionaba. Era incapaz de trabajar o de hacer algo que no fuera sentarme, mecerme hacia delante y atrás y llorar. Me sentía como si estuviera muriendo.
Tuve que buscar ayuda para no volver a llamarlo, porque ansiaba que todo se solucionara pero sabía que no podría sobrevivir a otra vuelta en ese carrusel.
La atracción de Peggy hacia Baird
Peggy no sabía nada acerca del hecho de ser amada, y al haber crecido sin padre, tampoco sabía virtualmente nada sobre los hombres, menos aún sobre los hombres amables y cariñosos. Pero sí sabía mucho, por su niñez con su abuela, sobre el hecho de verse rechazada y criticada por alguien muy insano. También sabía esforzarse al máximo por ganar el amor de una madre que no podía, por sus propios motivos, dar amor, ni siquiera protección. Su primer matrimonio ocurrió porque ella se permitió intimar con un joven que la criticaba y la condenaba,y por quien sentía poco afecto. El sexo con él era más una lucha para ganar su aceptación que una expresión de afecto por él. Un matrimonio de quince años con ese hombre la dejó aún más convencida de su indignidad inherente.
Tan fuerte era su necesidad de repetir el ambiente hostil de su niñez y continuar su lucha por ganar el amor de aquellos que no podían darlo que cuando conoció a un hombre que le pareció frío, distante e indiferente, de inmediato se sintió atraída hacia él. Había allí otra oportunidad de convertir a una persona desamorada en alguien que finalmente la amara. Una vez que se comprometieron, las pocas alusiones de él al hecho de que Peggy estaba progresando en sus intentos por enseñarle a amarla la capacitaban para seguir intentándolo a pesar de la destrucción de su propia vida. Su necesidad de cambiarlo ( y también a su madre y a su abuela, a quienes él representaba) era así de fuerte.
ELEANOR: sesenta y seis años; criada por una madre divorciada y demasiado posesiva.
Mi madre no podía llevarse bien con ningún hombre. Se divorció dos veces en una época en que nadie se divorciaba siquiera una vez. Yo tenía una hermana, diez años mayor que yo, y mi madre me dijo más de una vez: “Tu hermana era la niña de tu padre, entonces yo decidí tener una para mí.” Eso es exactamente lo que yo era para ella: una posesión y una extensión de sí misma. Ella no creía que fuéramos dos personas distintas.
Extrañé mucho a mi padre cuando se divorciaron. Ella no lo dejaba acercarse a mí, y él no tenía la voluntad suficiente para pelear con ella. Nadie la tenía. Siempre me sentí cautiva, y el mismo tiempo, responsable de la felicidad de mi madre. Me costó mucho dejarla, a pesar de que me sentía sofocada. Fui a la escuela de comercio en una ciudad lejana, donde me hospedé en casa de unos parientes. Mi madre se enfadó tanto que nunca volvió a hablarles.
Cuando terminé la escuela, empecé a trabajar como secretaria en el departamento de policía de una gran ciudad. Un día entró aquel oficial buen mozo de uniforme y me preguntó dónde estaba el surtidor de agua. Se lo señalé. Luego me preguntó si había vasos. Le presté mi taza de café. El necesitaba tomar unas aspirinas. Aún lo veo echando la cabeza hacia atrás para tragar esas tabletas. Entonces dijo: “¡Vaya! Anoche sí que me emborraché..” En ese mismo instante me dije: “Oh, qué triste. Está bebiendo demasiado, tal vez porque se siente solo.” Era justo lo que yo quería: alguien a quien cuidar, alguien que me necesitara. Pensé: “Me encantaría tratar de hacerlo feliz”. Nos casamos dos meses más tarde, y pasé los siguientes cuatro años intentándolo. Solía cocinar unas comidas estupendas, con la esperanza de atraerlo a casa, pero él salía a beber y no regresaba hasta muy tarde. Entonces peleábamos y yo lloraba. La siguiente vez que él volvía tarde, yo me culpaba por haberme enfadado la última vez , y me decía: “No es extraño que no venga a casa”. Las cosas empeoraron cada vez más hasta que finalmente lo dejé. Todo eso pasó hace treinta y siete años, y apenas el año pasado me di cuenta que era alcohólico. Siempre había pensado que la culpa de todo era mía, que yo no sabía hacerlo feliz.
La atracción de Eleanor hacia su esposo
Si usted tuvo una madre que odiaba a los hombres y ella le enseñó que son malos y si, por otro lado, usted amaba a su padre perdido y los hombres le parecían atractivos, es muy probable que crezca con el temor de que los hombres que usted ame la dejarán. Por lo tanto, usted podría intentar encontrar un hombre que necesite su ayuda y su comprensión, de modo que usted tenga control de la relación. Eso es lo que hizo Eleanor cuando se vio atraída por el apuesto policía. Si bien esta fórmula supuestamente nos protege de las posibles heridas y de ser abandonadas al asegurarnos que nuestro hombre depende de nosotras, el problema es que hay que empezar con un hombre que tenga un problema. En otras palabras, un hombre que ya esté en camino de entrar a la categoría de “los hombres son malos”. Eleanor quería garantizar que su hombre no la abandonara ( como lo había hecho su padre, y como le había dicho su madre que lo haría cualquier hombre), y la necesidad de él aparecía proporcionarle esa garantía. Pero la naturaleza de su problema hacía que fuera más probable que se marchara.
Por tanto, la situación que supuestamente debía asegurar a Eleanor que no sería abandonada surtió el efecto opuesto: le garantizó que sí sería abandonada. Cada noche que él no volvía a casa “demostraba” que la madre de Eleanor había estado en lo cierto con respecto a los hombres, y finalmente ella, al igual que su madre, obtuvo el divorcio de un hombre “malo.”
ARLEEN : veintisiete años; de una familia violenta en la cual trataba de proteger a su madre y sus hermanos.
Estábamos juntos en una compañía de actores, actuando en un teatro con cena. Ellis tenía siete años menos que yo y no me resultaba muy atractivo físicamente. No me interesaba en particular, pero un día hicimos algunas compras juntos y después fuimos a cenar. Mientras hablábamos, todo lo que pude escuchar fue que su vida era un desastre. Había muchas cosas de las que él no se ocupaba, y cuando hablaba de ellas sentí una inmensa necesidad de meterme y arreglar todo. Aquella primera noche mencionó que era homosexual. Como no encajaba en mi sistema de valores, decidí tomarlo a la ligera y bromée al respecto. En realidad, me asustaban los hombres cuando me hacían descaradas propuestas sexuales. Mi ex esposo había sido abusivo conmigo, y también otro novio. Ellis me parecía confiable. Estaba tan segura que no podía hacerme daño como de que yo podía ayudarlo. Bueno, poco después nos comprometimos mucho. De hecho, vivimos juntos varios meses hasta que di por terminada la relación durante la cual todo el tiempo estuve tensa y asustada. Yo creía que le estaba haciendo un favor, y sin embargo estaba destruida. Mi ego también se resintió. La atracción que sentía Ellis por los hombres siempre era mucho más fuerte que la que sentía hacia mí. Es más, la noche que pasé en el hospital gravemente enferma de neumonía viral, no me visitó porque estaba con un hombre. Tres semanas después de salir del hospital terminé mi relación con él, pero necesité una enorme cantidad de apoyo. Mi hermana, mi madre y mi terapeuta me ayudaron. Me deprimí mucho, muchísimo. En realidad, no quería dejarlo. Aún sentía que él me necesitaba y estaba segura que con un poco más de esfuerzo de mi parte podríamos lograrlo juntos.
Cuando yo era niña, siempre sentía eso que en cualquier momento se me ocurriría la manera de solucionarlo todo.
Éramos cinco hermanos. Yo era la mayor y mi madre se apoyaba mucho en mí. Ella tenía que mantener feliz a nuestro padre, lo cual era imposible. Sigue siendo el hombre más despreciable que conozco. Finalmente se divorciaron hace unos diez años. Creo que ellos creían que nos hacian un favor al esperar hasta que nosotros hubiésemos salido, pero fue terrible crecer en esa familia. MI padre nos pegaba a todos, incluso a mi madre, pero trataba peor a mi hermana en cuanto a violencia, y a mi hermano en cuanto a abuso verbal. De un modo u otro nos maltrataba a todos. Lo único que yo sentía era que debía de haber algo que yo pudiera hacer para mejorar las cosas, pero nunca se me ocurría qué podía ser. Traté de hablar con mi madre, pero ella era muy pasiva. Entonces enfrentaba a mi padre, pero no demasiado porque era peligroso. Yo solía instruir a mi hermana y a mi hermano sobre las maneras de evitar interponerse en el camino de papá, de no responderle mal. Incluso volvíamos a casa de la escuela y recorríamos la casa para ver qué cosa podría molestarlo y arreglarla antes de que él llegara en la noche. Gran parte del tiempo nos sentíamos asustados e infelices.
La atracción de Arleen hacia Ellis
Debido a que ella se veía más fuerte, más madura y más práctica que Ellis, Arleen esperaba llevar la voz cantante en su relación con él y de esa manera evitar ser lastimada. Eso fue un factor importante en su atracción hacia Ellis, porque ella tenía una historia de abuso físico y emocional que databa de su niñez. El miedo y la furia que sentía por su padre hacían que Ellisa le pareciera la respuesta perfecta a sus problemas con los hombres, porque no parecía probable que él llegara a reaccionar ante ella con tanta fuerza como para tornarse violento. Lamentablemente, en los pocos meses que estuvieron juntos, Arleen experimentó tanto dolor y sufrimiento como con los hombres heterosexuales que había conocido.
El desafío de tratar, literal y figurativamente, de reencauzar la vida de un hombre que era básicamente homosexual guardaba proporción con el nivel de lucha que Arleen conocía tan bien desde la niñez. El dolor emocional inherente a esa relación también era conocido para ella: siempre esperando que volviera a suceder, que alguien que supuestamente estaba de su lado y supuestamente la quería la lastimara, la disgustara o la ofendiera. La convicción de Arleen de que podría convertir a Ellis en lo que ella necesitaba que fuera, le hizo difícil dejarlo.
SUZANNAH: veintiséis años; divorciada de dos alcohólicos, hija de una madre emocionalmente dependiente.
Yo estaba en San Francisco, asistiendo a un seminario de entrenamiento de tres días para prepararme para los exámenes y obtener mi licencia de asistente social. En el recreo vespertino del segundo día, vi a aquel hombre muy apuesto y cuando pasó por mi lado le dirigí mi mejor sonrisa. Luego me senté a descansar afuera. El vino hacia mí y me preguntó si iría a la cafetería. Respondí que si, por supuesto, y cuando llegamos dijo con cierta vacilación: “¿Puedo comprarte algo?”. Tuve la sensación de que él no tenía dinero suficiente, de modo que respondí: “Oh, no, no te molestes”. Entonces me compré un jugo y regresamos juntos y charlamos el resto del recreo. Nos contamos de dónde éramos y dónde trabajábamos, y él dijo: “Me gustaría cenar contigo esta noche”.
Acordamos encontrarnos en Fisherman’s Filharf, y cuando me reuní con él esa noche parecía preocupado. Dijo que estaba tratando de decidir si debía mostrarse romántico o práctico, porque apenas tenía dinero para llevarme en un crucero por la bahía o bien para cenar. Por supuesto, de inmediato le dije: “Vamos al crucero y yo te llevaré a cenar”. Así lo hicimos y yo me sentí fuerte e inteligente por haberle posibilitado hacer las dos cosas que quería.
La bahía estaba bellísima. El sol se ponía y hablamos todo el tiempo. Me contó sobre el miedo que sentía de estrechar vínculos con alguien, que en ese momento tenía una relación desde hacía años, aunque él sabía que no era la adecuada para él. Simplemente la conservaba porque se había encariñado con el hijo de seis años de aquella mujer y no soportaba la idea de que el niño creciera sin una figura masculina en su vida. También insinuó que tenía dificultades sexuales con esa mujer, porque ella no lo atraía tanto.
Bueno, todos mis mecanismos entraron en acción. Yo pensaba: “Es un hombre maravilloso que aún no ha conocido a la mujer apropiada. Es obvio que es tremendamente compasivo y honesto.” No importaba que él tuviera treinta y siete años y que quizá tuviera muchas oportunidades de desarrollar una buena relación. Que tal vez, sólo tal vez, algo anduviera mal en él.
El me había dado una verdadera lista de sus defectos: impotencia, temor a la intimidad y problemas financieros. Y no hacía falta ser muy inteligente para ver que también era bastante pasivo, por su forma de actuar. Pero yo estaba demasiado encantada con la idea de que podría ser yo quien cambiara su vida para que lo que él decía me ahuyentara.
Fuimos a cenar, y por supuesto, pagué yo. El protestó, diciendo lo mucho que eso lo incomodaba, y yo sólo le respondí que podía visitarme y llevarme a cenar para devolverme el favor. Le pareció una idea estupenda y quiso saber dónde vivía, dónde podría hospedarse si venía a verme, qué oportunidades laborales había en mi ciudad. Quince años atrás, él había sido maestro de escuela, y después de muchos cambios de empleo-cada uno de ellos, según admitió, por menos dinero y menor prestigio-ahora trabajaba en una clínica para pacientes externos donde se brindaba asesoramiento a alcohólicos.
Bien, eso era perfecto. Yo ya había estado involucrada con alcohólicos y me había desgarrado en el proceso, pero allí había alguien que no podía ser alcohólico puesto que era asesor en el tema, ¿no es cierto?
Pero mencionó que nuestra mesera, una mujer mayor de voz cascada, le recordaba a su madre, que era alcohólica, y yo sabía con qué frecuencia los hijos de alcohólicos también desarrollan esa enfermedad.
Sin embargo, no bebió en toda la noche; sólo ordenaba agua mineral. Yo prácticamente ronroneaba, pensando: “Este es el hombre para mí”.
No me importaban todos aquellos cambios de empleo ni el hecho de que, en general las perspectivas de su carrera laboral hubiesen ido cuesta abajo. Eso tenía que deberse simplemente a la mala suerte.
El parecía tener mucha mala suerte, y eso lo hacía más atractivo. Sentí pena por él.
Pasó mucho tiempo diciéndome cuánto lo atraía, lo cómodo que se sentía conmigo, lo bien que nos complementábamos. Yo sentía exactamente lo mismo. Esa noche, cuando nos despedimos, se comportó como un verdadero caballero y yo le di un beso de buenas noches muy cálido. Me sentía a salvo; era un hombre que no me presionaría para llegar al sexo, que sólo quería estar conmigo porque disfrutaba mi compañía. No tomé eso como una señal de que él tuviera problemas sexuales, y por ende, tratara de evitar toda esa cuestión. Creo que estaba segura de que, ante la oportunidad, yo podría solucionar cualquier pequeña dificultad que tuviera.
El seminario terminó al día siguiente, y después hablamos de cuándo podría visitarme. Sugirió que podría venir la semana anterior a sus exámenes y alojarse en mi apartamento, pero sólo quería estudiar mientras estuviese allí. Yo tenía unos días de vacaciones y me pareció que sería estupendo tomarlos para entonces, así podría mostrarle la ciudad. Pero no, sus exámenes eran demasiado importantes. Muy pronto comencé a dejar de lado todo lo que yo quería hacer y a tratar de que todo fuera perfecto para él. También sentía cada vez más miedo de que no viniera, aún cuando el hecho de tener a alguien alojado en mi apartamento, estudiando, mientras yo trabajaba todos los días no me parecía muy divertido. Pero yo tenía la necesidad de que todo saliera bien, y ya me sentía culpable si él no era feliz. Además, estaba aquel tremendo desafío de mantenerlo interesado.
Desde el principio había estado tan atraído hacia mì que ahora, si se enfriaba, parecería que yo lo había arruinado todo, por eso me esforzaba tanto por conservar su interés.
Nos despedimos con las cosas aún sin arreglar, a pesar de que le presenté un plan tras otro, tratando de solucionar todos los inconvenientes que había para su visita. Después que nos despedimos me sentí deprimida, sin saber por qué: sólo me sentía mal por no haber sido capaz de solucionarlo todo y hacerlo feliz.
Me llamó la tarde siguiente, lo cual me hizo sentir estupendamente, redimida.
La noche siguiente me llamó a las 10.30 y comenzó a preguntarme qué debía hacer con su novia actual. Yo no tenía respuestas para eso y se lo dije. Mi desazón estaba aumentando mucho. Me sentía atrapada de alguna manera, sin embargo, por esta vez no seguí una vieja costumbre mía de tratar de arreglar todo de inmediato. El se puso a gritarme por teléfono y después colgó. Yo quedé estupefacta. Empecé a pensar: “Tal vez sea culpa mía; no lo ayudé lo suficiente”. Y sentí una necesidad imperiosa de llamarlo y disculparme por haberlo enfadado tanto. Pero recuerde que yo ya había estado involucrada con varios alcohólicos y por eso asistía con regularidad a las reuniones de familiares de A.A.; de alguna manera ese programa evitó que lo llamara y aceptara toda la culpa. Bueno, pocos minutos después volvió a llamarme y se disculpó por haberme colgado. Luego volvió a hacerme las mismas preguntas, que yo aún no podía responder. Volvió a gritarme y a colgarme. Entonces me di cuenta de que había estado bebiendo, pero yo aún sentía aquella necesidad de llamarlo y tratar de enmendar la situación. Si aquella noche yo hubiese asumido la responsabilidad por él, hoy quizás estaríamos juntos, y tiemblo al pensar cómo sería eso. Unos días después recibí una nota muy amable en la que decía que no estaba preparado para otra relación; no mencionaba que me había gritado ni colgado por teléfono. Eso fue el fin.
Un año atrás, habría sido sólo el comienzo. Era la clase de hombre que siempre me resultó irresistible: apuesto, encantador , un poco necesitado, lejos de haber desarrollado todas sus posibilidades. En las reuniones, cuando alguien menciona cómo se vio atraída no por lo que un hombre era, sino por su potencial, nos reímos mucho, porque todas lo hemos hecho: nos hemos sentido atraídas por alguien porque estábamos seguras de que necesitaba nuestra ayuda y nuestro aliento para elevar sus dones al máximo. Yo conocía muy bien esos intentos de ayudar, de complacer, de hacer todo el trabajo y asumir toda la responsabilidad por una relación. Lo había hecho cuando niña con mi madre, y más tarde con cada uno de mis maridos. Mi madre y yo nunca nos llevamos bien. Ella tuvo muchos hombres en su vida, y cuando había uno nuevo no quería tener que molestarse cuidándome, por eso me enviaron a un internado. Pero cada vez que un hombre la abandonaba, ella quería tenerme cerca para que la escuchara llorar y quejarse. Cuando estábamos juntas, mi trabajo era consolarla y apaciguarla, pero yo nunca podía hacerlo lo bastante bien para quitarle el dolor, entonces se enojaba conmigo y decía que en realidad ella no me importaba. Luego aparecía otro hombre y volvía a olvidarme por completo. Claro que crecí tratando de ayudar a la gente. Sólo entonces me sentía importante o digna cuando era niña, y había desarrollado una necesidad de mejorar cada vez más mi desempeño. Por eso fue una gran victoria para mi cuando finalmente vencí la necesidad de perseguir a un hombre que no tenía nada que ofrecerme sino la oportunidad de ayudarlo.
La atracción de Suzannah hacia el hombre de San Francisco
Para Suzannah , dedicarse a la asistencia social fue tan inevitable como su atracción hacia los hombres que parecían necesitar su consuelo y su aliento. El primer indicio que ella tuvo de este nuevo hombre fue que el dinero era un problema para él. Cuando lo advirtió y pagó su propio jugo, ambos intercambiaron información vital: él le hizo saber que estaba un poco necesitado, y ella respondió pagando lo suyo y protegiendo los sentimientos de él. Ese tema central- el hecho de que a él le faltaba y ella tenía suficiente para ambos-se repitió en su cita, cuando ella pagó la cena. Problemas de dinero, problemas sexuales, problemas con la intimidad: los mismos indicios que deberían haber sido advertencias para Suzannah , dado su historial de relaciones con hombres necesitados y dependientes, fueron en cambio las señales que la atrajeron, pues despertaron su interés de proporcionar cuidados y atenciones. Fue muy difícil ignorar lo que para ella era un “anzuelo” poderoso: un hombre que no estaba del todo bien, pero que, según parecía, con su ayuda y atención podía llegar a ser algo especial. Suzannah no fue capaz de preguntar, al principio: “¿Qué hay en esto para mi?”, pero , como estaba en un proceso de recuperación, finalmente pudo evaluar bajo una luz realista lo que estaba ocurriendo. Por primera vez, prestó atención a lo que ella obtenía de la relación, en lugar de concentrarse por completo en cómo podría ayudar a aquel hombre necesitado.
Es obvio que cada una de las mujeres de quienes hemos hablado encontró un hombre que le presentaba la clase de desafío que ella ya había conocido y que, por consiguiente, era alguien con quien podía sentirse cómoda, sentirse ella misma, pero es importante entender que ninguna de estas mujeres reconoció lo que la atraía. De haber existido esa comprensión, también habría habido una elección más consciente respecto de entrar o no en una situación que constituía tal desafío. Muchas veces creemos que nos atraen cualidades que parecen ser lo opuesto a las que poseían nuestros padres. Arleen, por ejemplo, al verse atraída por un hombre bisexual mucho más joven que ella, de contextura menuda y nada agresivo físicamente hacia ella, sintió conscientemente que estaría a salvo con un hombre que, casi con certeza, no repetiría el patrón de violencia de su padre.
Pero la lucha menos consciente por convertirlo en lo que no era, por permanecer en una situación que desde el comienzo obviamente no satisfaría su necesidad de amor y seguridad, fue el elemento incitante en el desarrollo de una relación con él, y eso hizo que le resultara tan difícil abandonar a Ellis y al desafío que él representaba.
Más tortuoso aún, pero igualmente común, es lo ocurrido entre Mary, la estudiante de arte, y su misógino violento. En su primera conversación estuvieron presentes todos los indicios acerca de quién era él y de su forma de sentir, pero la necesidad de Mary de aceptar el desafío que él representaba era tan grande que, en lugar de verlo como peligrosamente irascible y agresivo, lo percibió como una víctima indefensa que necesitaba comprensión. Yo me atrevería a suponer que no todas las mujeres que conocieran a ese hombre lo verían así. La mayoría trataría de apartarse de él y de sus actitudes, pero Mary distorsionó lo que veía, debido a la intensidad de su impulso de relacionarse con ese hombre y con todo lo que él representaba.
Una vez iniciadas, ¿por qué resulta tan difícil poner fin a estas relaciones, dejar a esa persona que nos está arrastrando por todos los pasos dolorosos de esa danza destructiva? Hay una regla empírica que dice así: cuanto más difícil es poner fin a una relación que es mala para nosotros, más elementos de nuestra lucha infantil contiene. Cuando amamos demasiado es porque tratamos de vencer los viejos miedos, enojos, frustraciones y dolores de la niñez, y darse por vencido es renunciar a una valiosísima oportunidad; de encontrar alivio y de rectificar lo que hemos hecho mal.
Si bien estos son los fundamentos psicológicos inconscientes que explican nuestro impulso de estar con él a pesar del dolor, hacen poca justicia a la intensidad de nuestra experiencia consciente.
Sería difícil exagerar la pura carga emocional que este tipo de relación, una vez iniciada, acarrea para la mujer involucrada. Cuando ella intenta separarse de la relación con el hombre a quien ama demasiado, siente como si miles de voltios de energía dolorosa fluyeran a toda velocidad y salieran por los extremos cercenados de los mismos. La antigua sensación de vacío renace y se arremolina a su alrededor, arrastrándola hacia el lugar donde aún pervive su terror infantil a estar sola, y ella está segura de que se ahogará en el dolor.
Esta clase de carga-las chispas, la atracción, el impulso de estar con esa otra persona y de hacer que la relación funcione- no está presente en la misma medida en las relaciones más saludables y satisfactorias, porque no representan todas las posibilidades de saldar viejas cuentas y de prevalecer sobre lo que alguna vez fue abrumador. Esta emocionante posibilidad de rectificar viejos errores, de recuperar el amor perdido y de ganar una aprobación reprimida es lo que, para las mujeres que aman demasiado, constituye la atracción inconsciente que subyace al hecho de enamorarse.
Es también por eso que, cuando entran en nuestra vida hombres que se interesan por nuestro bienestar, nuestra felicidad y nuestra realización personal y que presentan la verdadera posibilidad de una relación sana, por lo general no nos interesan. Y no nos equivoquemos; esa clase de hombres sí entran en nuestra vida. Cada una de mis pacientes que ha amado demasiado ha podido recordar por lo menos a uno, y a menudo a varios hombres que describieron como “ realmente agradables…tan amables…de verdad se preocupaban por mí..”
Entonces, por lo general, viene la sonrisa irónica y la pregunta: ”¿Porqué no me quedé con él?”. A menudo ella es capaz de responder a su propia pregunta enseguida: “Por alguna razón nunca me entusiasmó tanto. Supongo que es demasiado agradable, ¿no?”
Una respuesta mejor sería que las acciones de él y nuestras reacciones, sus movimientos y aquellos con que nosotros los correspondimos, no conformaban un dúo perfecto. Si bien estar en compañía de él puede resultarnos agradable, sedante e interesante, nos cuesta considerar esa relación como algo importante y digno de desarrollarse en un nivel más serio. A los hombres así los dejamos de inmediato o los ignoramos, o , en el mejor de los casos, los relegamos a la categoría de “sólo amigos”, porque no despertaron en nosotras los latidos intensos del corazón ni el nudo en el estómago que hemos llegado a llamar amor.
A veces estos hombres permanecen en la categoría de “amigos” durante muchos años; se reúnen con nosotras de vez en cuando para beber algo y secar nuestras lágrimas mientras les relatamos la última traición, ruptura o humillación de nuestra relación actual. Esa clase de hombres compasivos y comprensivos no nos pueden ofrecer el drama, el dolor o la tensión que nos parecen tan estimulantes y correctos. Eso se debe a que , para nosotras, lo que debiera hacernos sentir mal ha llegado a hacernos sentir bien y lo que debiera parecernos bueno ha llegado a parecernos extraño, sospechoso e incómodo. Hemos aprendido, a través de una prolongada y estrecha asociación, a preferir el dolor. Un hombre más sano y cariñoso no puede tener un papel importante en nuestra vida hasta que aprendamos a liberarnos de la necesidad de revivir una y otra vez la vieja lucha.
Una mujer con antecedentes más saludables tiene reacciones, y por consiguiente, relaciones, que son muy distintas, porque la lucha y el sufrimiento no le resultan tan familiares, no integran en tanta medida su historia y, por lo tanto, no son cómodos para ella. Si el hecho de estar con un hombre hace que se sienta incómoda, herida, preocupada, decepcionada, enfadada, celosa, o le provoca algún otro tipo de perturbación emocional, ella lo experimentará como desagradable y aversivo, algo que debe evitar en lugar de insistir. Por otro lado, sí insistirá con una relación que le ofrezca cariño, consuelo y compañerismo porque eso la hace sentir bien. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que la atracción entre dos personas que tienen la capacidad de crear una relación gratificante sobre la base de un intercambio de respuestas sanas, si bien puede ser fuerte y excitante, nunca es tan apremiante como la atracción entre una mujer que ama demasiado y el hombre con quien puede “bailar”.
Tomado de “Las mujeres que aman demasiado”. Robin Norwood

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